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CONTEMPLAR LA GLORIA DE DIOS EN UN POBRE GALILEO

Domingo 6 agosto 2017

Mateo 17,1-9.

Carlos Pérez B., pbro.

 

El 12 de marzo de este año ya nos tocó escuchar y celebrar este momento que vivió Jesús con sus discípulos. El 2º domingo de cuaresma contemplamos cada año la escena de la transfiguración. Este acontecimiento lo vivió Jesús en su camino a Jerusalén, en su camino de la entrega entera de la vida en una cruz. La Iglesia celebra además, este acontecimiento como una fiesta propia, el 6 de agosto, que ahora ha caído en domingo. Así, en diversas fechas, celebramos otros acontecimientos o facetas de la vida y la persona de Jesús: su encarnación, su nacimiento, su santa cruz, su sagrado corazón, su sumo y eterno sacerdocio, etc. Para los que amamos a Jesucristo, es un deleite espiritual contemplar y celebrar cada uno de los momentos de su vida. Y el de ahora, su transfiguración, es un momento muy especial, porque se trata de una revelación extraordinaria, la cual no la debemos de tomar superficialmente, sino siempre con la pregunta: ¿qué es lo que nos quiere revelar Dios al invitarnos a subir al monte con su Hijo?

Jesús sube al monte llevando consigo a tres de sus discípulos. En ellos nos vemos a nosotros mismos. Vamos caminando hacia Jerusalén detrás de Jesús. No sabemos lo que le espera a él en la ciudad santa. Jesús nos había preguntado en el capítulo anterior de este evangelio, por su identidad: "¿quién dicen ustedes que soy yo?” Nuestra respuesta es la de Simón Pedro: "tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Es fácil decir esto, como tantas cosas que decimos en la Iglesia: creo en Dios, creo en Jesucristo, creo en su Santo Espíritu, creo en la Iglesia, en la Virgen y en los santos. También decimos que todos somos hermanos, que todos somos iguales, pero en realidad no sabemos lo que decimos ni sus alcances. Después de la pregunta sobre su identidad y después de la profesión de fe de Pedro, Jesucristo nos revela su mesianismo, es decir, qué clase de Cristo es él. Porque nosotros podemos fácilmente hacernos la idea de un Cristo poderoso humanamente, un gobernante al estilo de los gobernantes humanos, un Cristo autoritario, un Cristo rico. Pero el Cristo que Jesús es y quiere ser es éste: "el que debía sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día” (Mateo 16,21). Esto le costó mucho a Pedro el aceptarlo. Él, al igual que nosotros, quería otro tipo de Cristo.

Por eso Jesucristo nos lleva al monte alto para que sea el Padre mismo, el de los cielos, el que nos diga si a él le gusta que su Hijo sea tal tipo de Cristo. Y efectivamente. Primero se muestra la gloria de Dios en el rostro y en las vestiduras brillantes de Jesús. Enseguida se hacen presentes dos personajes muy representativos del antiguo testamento: Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, la Palabra revelada en la antigüedad que ratifica la condición y la misión de este Cristo. Finalmente escuchamos la voz del Padre que nos dice: "Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenle”. En esta frase el evangelista, y nosotros también, vemos el cumplimiento de una profecía de Isaías: "He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia; no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho” (Isaías 42,1-4). Este Hijo, no se nos olvide que lo dijo Dios desde siglos antes, es un siervo, un servidor, no un mandamás, no príncipe que vino a ser servido. Esto nos lo dirá Jesús más delante, en Mateo 20,28.

Generalmente se nos ha dicho que en esta escena contemplamos al Jesús glorioso, ya resucitado, para curarnos por anticipado del escándalo de la cruz. Pero yo más bien he querido ver las cosas de esta otra manera: Dios nos ayuda a contemplar su gloria en este Cristo al que Pedro intentó desviar de su camino.

Nosotros los creyentes, los que no nos cansamos de estudiar los santos evangelios, lo veremos siempre como aquel pobre en medio de los pobres, predicador ambulante, misericordioso con los enfermos y los pecadores, todo bondad y gracia, verdaderamente la encarnación de todo un Dios. En el andar y en el obrar de este galileo contemplamos la gloria de Dios. Sí, aunque parezca una contradicción: la gloria de Dios resplandece brillantemente en la pobreza de Jesús, en su sencillez, en su andar entre los pobres y pecadores, en su sufrimiento, en sus conflictos, en su cruz, aunque lo hayan crucificado como un delincuente. Ésta es una mirada diferente a la mirada que el mundo tiene de las cosas. Para nosotros son brillantes los artistas, las gentes del espectáculo, porque saben cantar muy bien, bailar; para nosotros son brillantes y dignos de que se les ponga atención, los deportistas, los que saben jugar muy bien y cosechan aplausos; para nosotros son brillantes las personas que gobiernan los países, los que están impregnados de poder humano. Para ellos todas las cámaras de los medios. Pero, ¿quién pone su mirada y su atención en un pobre? Los medios de comunicación no hablan de los pobres a no ser que hayan cometido algún delito.

Por eso, en contraste con la mirada del mundo, el Padre eterno nos hace fijar nuestros ojos y nuestro corazón en este pobre de Galilea, que repito, fue crucificado como un delincuente, y que, aún así, resplandece como la salvación para este mundo. Y en este Cristo transfigurado contemplamos el destino de nuestra humanidad: la gloria de Dios. ¿No somos capaces de ver la gloria de Dios en los pobres, en los discapacitados y demás enfermos, en los marginados, en los descartados? No son lo que ahora vemos sino lo que están destinados a ser. Trabajemos en la obra de Dios para que este mundo de injusticia sea finalmente transfigurado.


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