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NO SOMOS LOS DUEÑOS DE LA IGLESIA

Domingo 8 octubre 2017

Mateo 21,33-43.

Carlos Pérez B., pbro.

 

En este capítulo 21 de san Mateo estamos en los atrios del templo. Jesucristo había llegado a la ciudad de Jerusalén desde Galilea, donde había realizado sus milagros y pronunciado sus enseñanzas. Jesucristo llegó entre la algarabía de sus discípulos y la gente que lo acompañaba. Se fue directamente al templo, así como hacen muchos católicos al llegar a una ciudad, sea Chihuahua o la ciudad de México, y se van directamente a la catedral o a la basílica.

Jesucristo no fue al templo a persignarse o a rezar, les decía el domingo pasado, sino a pelearse con la clase dirigente de la religión judía. Expulsó a sus vendedores, con un poco de violencia. No se trataba de los vendedores ambulantes sino de los encargados de proporcionar las cosas necesarias para el culto del templo: bueyes, ovejas, palomas, cambistas de dinero romano por monedas judías, es decir, ellos eran parte de la estructura y organización del templo, el que tenían a su cargo los sumos sacerdotes. Por eso, al día siguiente se le acercan los sumos sacerdotes y los ancianos del sanedrín para reclamarle: ¿con qué autoridad haces esto? Nosotros conocemos la autoridad de Jesús; cuántas cosas podemos decir de él. Pero ellos no le reconocen ninguna a este pobre galileo marginal, un simple artesano.

Jesucristo les responde con tres parábolas: la de los dos hijos (que escuchamos el domingo pasado), la de los viñadores homicidas y la del banquete de bodas (que en realidad son dos), que leeremos el domingo que viene.

La parábola de la viña se sitúa en esta corriente profética de denuncia, como lo hemos escuchado en la primera lectura. Isaías hablaba de todo el pueblo escogido por Dios, un pueblo ingrato, pero ahora Jesucristo se refiere propiamente a los dirigentes del templo, con toda su estructura religiosa. El pueblo, sobre todo en Galilea, sí se entusiasmaba con Jesús. Los notables de los judíos fueron los que se aferraron a su poder religioso, a su ideología, a sí mismos, se resistieron a cambiar, a convertirse, a pesar de que las cosas estaban tan claras frente a sus ojos: "ustedes, ni viéndolo, se arrepintieron después, para creer en él”, les decía Jesús refiriéndose a Juan Bautista, unos versículos antes.

Nosotros, laicos y jerarquía, debemos tener cuidado si no nos hemos encerrado en nuestra liturgia, en nuestra legislación eclesiástica, en nuestros templos, y hemos dejado de lado la buena noticia, el evangelio de Jesús. Nosotros, eso tenemos a nuestro favor, no seríamos capaces de matar al Hijo de Dios, al heredero de la parábola, como hicieron los notables del pueblo judío, que tal como dice Jesús en su parábola, lo sacaron del viñedo, es decir, de la ciudad, y lo mataron. Sin embargo, no estemos tan seguros de que somos seguidores de su causa (el reino, la salvación) porque nos hemos desafanado de él y nos hemos hecho una iglesia a nuestro gusto, como si fuéramos los dueños del viñedo. Hubo épocas en nuestra Iglesia en qué sí nos dimos el lujo de pronunciar sentencia de muerte contra nuestros opositores; no los opositores a la causa de Jesús sino opositores a nuestra causa.

¿Qué hará Dios, el verdadero propietario de la viña, con nosotros? Qué bien consigue Jesús que ellos mismos (¿también nosotros?) pronuncien su propia sentencia condenatoria, así le ahorraron esa molestia a Jesús: son ellos los que dicen "Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores que le entreguen los frutos a su tiempo”. Esperemos que Dios tenga compasión de nosotros y no nos vaya a arrebatar el viñedo para entregárselo a otros, que no se adueñen sino que sirvan y presenten frutos.

A Jesucristo lo que le preocupa son los frutos, a Dios le pertenecen y él nos  puede pedir cuentas de ellos. Revisemos no sólo los frutos de nuestra sociedad cristiana. Los católicos somos el 80% de la población de este país. ¿Y cómo está nuestro México? ¿Exageramos si hablamos de corrupción, violencia, egoísmo, odio, muerte, crimen, vicios, etc.?

Por eso hemos de revisar los frutos que estamos dando como Iglesia en medio de esta sociedad. Es en el renglón de los frutos donde apreciamos que estamos cómodamente encerrados en el culto y en las devociones.

Revisemos qué frutos puede el dueño de la viña recoger en cada uno de nosotros.

 


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