Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
 
 
ALEGRÍA, GRATITUD, OBEDIENCIA
Domingo 24 diciembre 2017
Lucas 1,26-38.
Carlos Pérez B., pbro.
 
     En este 4º domingo de adviento, que es el más próximo antes de la navidad, la Iglesia nos propone la excepcional figura de una jovencita sencilla que estaba esperando, así como se dice literalmente de las mujeres encinta, el nacimiento de un niño, de su hijo, pero también del Niño que todos estamos esperando, el Hijo de Dios. Hay que notar que este domingo se nos divide en dos: por la mañana es adviento, por la tarde, es Navidad.
     La contemplación de María nos conduce a vivir este tiempo con todo nuestro ser, con profundidad espiritual, con integridad de vida y no tanto de manera exteriorista. Tan sólo preguntémonos: ¿cómo vivió la virgen estos nueve meses desde que recibió el anuncio del ángel de que iba a ser la madre de Jesús, desde que recibió ese toque del Espíritu Santo que fecundó su seno.
     Podemos pensar con toda razón que María vivió ese tiempo en la alegría. Con ese deseo la saludó el ángel: "alégrate, llena de gracia”. ¿Qué clase de alegría? No la alegría superficial y pasajera que nosotros conocemos de sobra, las alegrías de un momento, las alegrías que nos dan las cosas materiales, las comidas (panza llena, corazón contento, decimos), las alegrías que muchas veces les proporcionamos a los hijos con un juguetito que a los dos o tres días ya les aburre; o la alegría que da el consumo de alcohol, cuyo efecto pasa en unas horas y luego hay que enfrentarse a la cruda realidad; o la alegría que da el dinero, el cual nos trae también aparejadas muchas penalidades. O cuántas alegrías pasajeras podemos mencionar cada uno de nosotros, las que hemos experimentado a lo largo de nuestra vida. No. La alegría de María llevaba el nombre de una persona: Jesús. En este mes de diciembre, preguntémonos todos: ¿cómo hemos vivido el tiempo de adviento?
     María vivió este tiempo en la gratitud, que es el reconocimiento profundo de la gratuidad de Dios. Se lo dijo el ángel: "alégrate, llena de gracia”. María había sido elegida, entre todas las mujeres, de todos los lugares del mundo y de todos los tiempos para ser la madre del Hijo eterno del Padre hecho carne, por pura gracia, muy por encima de los méritos y virtudes que nosotros le reconocemos. Por eso expresará en casa de Isabel: "Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada”. ¿No hemos nosotros vivido este tiempo de adviento de esa manera? Esperemos que nuestros pensamientos no hayan estado fijados en tantas cosas materialistas que trae la navidad, sino en la oración, reconociendo que todo lo que recibimos es gracia de Dios; en la escucha de su Palabra; en el ejercicio de la caridad, porque con ella nos ponemos en sintonía con el Dios gratuito que es todo caridad.
     María vivió este tiempo de espera de la llegada de Jesús, en la obediencia de la fe. Cuántas veces hemos insistido en que la fe es obediencia o no es fe. No es lo mismo decir ‘creo en la existencia de un Dios que creó todas las cosas’, y creo que todos los santos y vírgenes existen y están en el cielo, que decir creo en Dios y le creo a Dios, le creo todo lo que él me dice; acepto sus santos designios para mí y para todo nuestro mundo; acepto sus caminos, sus procederes, sus maneras de hacer las cosas, porque sé que todo lo que él dispone es para bien y salvación de toda la humanidad, de toda su creación, aunque yo no lo comprenda de momento. La obediencia es aceptación y es acción, es querer entrar en el santo misterio de su voluntad, voluntad expresada cabalmente en la encarnación de su Hijo eterno. El creyente es como María. Isabel le dirá cuando recibió su visita: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”. Porque María era una verdadera creyente y no una católica de nombre, por eso, en cuanto recibió la noticia por parte del ángel Gabriel de que su pariente Isabel ya llevaba seis meses de embarazo, inmediatamente se levantó y se fue con prontitud a ese poblado de la montaña de Judea, a la casa de Zacarías. ¿A qué fue? A ponerse al servicio de una mujer embarazada de avanzada edad. Era fácil declararse esclava del Señor, era más difícil asumir la condición de sirvienta de un prójimo en necesidad.
 

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