Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





¿CREEMOS LOS CATÓLICOS EN EL MISMO DIOS?

Domingo 27 mayo 2018, Dios tres Personas

Deuteronomio 4,32-34.39-40; Romanos 8,14-17; Mateo 28,16-20.

 

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Hemos escuchado en la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, una serie de preguntas que nos ponen frente al misterio del Dios en el que nosotros decimos creer: "¿Qué pueblo ha oído que Dios le hable desde el fuego como tú lo has oído? ¿Hubo algún dios que haya ido a buscarse un pueblo en medio de otro pueblo, a fuerza de pruebas, de milagros y de guerras, con mano fuerte y brazo poderoso? ¿Hubo acaso hechos tan grandes como los que, ante sus propios ojos, hizo por ustedes en Egipto el Señor su Dios?”

Los católicos no podemos decir que creemos todos en el mismo Dios, o por decirlo de otra manera, no tenemos la misma idea, concepto o vivencia de Dios. Hay católicos que creen en un Dios mudo, un Dios que no habla. Porque si no viven su espiritualidad alimentándose constantemente de la lectura de la Biblia, ¿cómo pueden decir que creen en un Dios que sí les habla? Hay católicos que creen en un Dios lejano, ajeno a sus vidas. Viven como si no hubiera Dios, es la verdad. Si no se relacionan con él: en la oración, en la escucha, en la obediencia… si su vida transcurre como la vida del resto de los seres humanos, pues, podrán decir que llevan una cierta vida religiosa, con alguna práctica piadosa, pero en realidad no creen en el verdadero Dios que nos vino a presentar el Hijo, Jesucristo.

Todos los pueblos, todas las culturas, a lo largo de la historia han creído en Dios, unos de una manera, otros de otra. Sólo en tiempos modernos hay muchos que afirman que no hay Dios. Sin embargo, con esta afirmación o negación, no resuelven el misterio de la existencia y del universo, al contrario, nos dejan más confusos.

¿Cuál es el Dios que ha venido a revelarnos Jesucristo? En Mateo 28 hemos escuchado que Jesús nos envía a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas en el nombre de esas tres personas que él ha venido a revelarnos.

El Dios de Jesucristo es un Padre. ¡Cuántas veces utiliza Jesús la palabra ‘Padre’ en su enseñanza para referirse a Dios, en su manera de ser para evidenciar a Dios, en su oración para dirigirse a Dios!  En los cuatro evangelios aparece más de 200 veces. Para nosotros Dios no es solamente Yahveh o Alá, como para los judíos y los musulmanes, o como para los testigos de Jeová. Jesucristo nos habla del Padre, nos enseña a dirigirnos al Padre en nuestras oraciones, nos enseña con su ejemplo a vivir nuestra vida como hijos de Dios, como él mismo la vivió, en una absoluta escucha de su Palabra, en una absoluta obediencia. No con esa obediencia o disciplina con que se vive ante una autoridad autoritaria, sino con esa obediencia amorosa ante aquel que ama por excelencia. Si creemos en un Dios que es Padre, nuestra vida cristiana se ha de desenvolver acorde a lo que creemos.

El Dios en el que nosotros creemos es además un Dios encarnado, un Dios que se hizo hombre, que asumió plenamente nuestra corporalidad humana. Jesucristo es el Emmanuel, es decir, Dios con nosotros. Le decía Jesucristo a Felipe, en el evangelio según san Juan (cap. 14), ‘el que me ve a mí ve al Padre… yo estoy en el Padre y el Padre está en mí’. Cuando nosotros contemplamos a nuestro Señor Jesucristo en los santos evangelios, en nuestra lectura diaria (así espero que ya lo estemos haciendo), vemos a todo un Dios que se nos da a conocer en este Hijo. Ir a los evangelios es como subir al monte de la transfiguración donde Dios se nos revela en su Hijo, donde luminosamente se nos muestra. Y así tomamos cada uno de sus actos, de sus milagros, de sus palabras, de toda su persona. Jesús es en verdad Dios con nosotros. Aunque lo veamos pobre y despojado, incluso crucificado, lo vemos como todo un Dios.

El mismo Jesucristo nos habló en la última cena, como lo escuchamos el domingo pasado, del Espíritu Santo, del Espíritu de la verdad, el Espíritu que nos va conduciendo a la verdad completa. Nuestro Dios no es un Dios lejano y ajeno a nuestras vidas. Nuestro Dios es un Dios que se relaciona con nosotros así tan cercanamente, tan profundamente; un Espíritu Dios que nos ilumina interior y exteriormente, que nos inspira, que nos empuja, que nos conduce por los caminos de la salvación del mundo, un Dios que nos abre hacia nuestros hermanos, que son todos los seres humanos, un Dios que va saliendo al paso de nuestras limitaciones y fragilidades, de manera que no debemos pretender ser los súper hombres o súper mujeres que todo lo saben y todo lo pueden, sino al contrario, los humildes servidores de Dios que se disponen en todo momento a ser dóciles a su Santo Espíritu, para ir realizando su proyecto de vida y de gracia a favor de esta pobre humanidad.

Es con la gracia, la luz y la fuerza del Santo Espíritu de Dios como nosotros podemos vivir el evangelio de Jesús y sus grandes valores. Es con el Espíritu Santo como nosotros, pobres criaturas, podremos hacer las grandes cosas que Dios ha dispuesto que realicemos.

 

 

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