Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





EL SER HUMANO POR ENCIMA DE LEYES E INSTITUCIONES

Domingo 3 junio 2018, 9º ordinario

Deuteronomio 5,12-15; Marcos 2,23 – 3,6.

 

Carlos Pérez B., Pbro.

 

En la primera lectura hemos escuchado que Dios le mandó a su pueblo, con toda solemnidad y energía, guardar el sábado: ni personas ni animales deberían hacer trabajo alguno en ese día. Más aún, al terminar esta lectura hemos ratificado con fe que esa es Palabra de Dios. Pero resulta que en el evangelio, vimos que nuestro Señor Jesucristo no obedeció ese mandato de Dios recibido por medio de Moisés, tanto porque sus discípulos arrancaban espigas en sábado y él los justificaba, como porque Jesús le devolvió la salud a un hombre que tenía una mano paralizada, precisamente en sábado.

Así es que, ¿qué debemos pensar de Jesús? Los fariseos veían en él simplemente a un desobediente, con desobediencia grave a los mandatos de Dios. Pero nosotros por nuestra parte sabemos y creemos que Jesucristo es el intérprete autorizado de la sagrada Escritura. La Palabra de Dios que nosotros acogemos es la Palabra enseñada y vivida por su Hijo encarnado. Él nos da la clave para entender a profundidad su santa Voluntad: el sábado está al servicio del hombre, y no al contrario. Cuántas veces las instituciones, los sistemas religiosos, las autoridades, etc., ponen las cosas al revés: la ley por encima de las personas.

¿Apoco es preferible morirse de hambre que arrancar unas cuantas espigas en el camino? O como Jesucristo les preguntó a los fariseos: ¿apoco era preferible que David y sus compañeros se murieran de hambre antes que comer los panes de la proposición? Los fariseos, que leían la sagrada Escritura, conocían bien este pasaje que les mencionaba Jesús. Abiatar el sumo sacerdote, David el ungido, y hasta sus compañeros que andaban en campaña, bien que comieron de esos panes que sólo podían comer los sacerdotes, porque no había más que esos panes. Contemplemos a Jesús como nuestro modelo de conocimiento de la Biblia. Para conocerla, hay que leerla mucho.

Pero lo más grave y urgente es la salud de las personas. Es cierto que Jesucristo podía haber sanado a este hombre cualquier otro día de la semana, pero era necesario que todos entendieran que el sábado se hizo para dar vida, salud, salvación, como lo hacía Jesús.

Debemos fijarnos bien en los detalles de este pasaje. Jesucristo le pide a este hombre que se coloque en medio, frente a todos. Esto quiere decir que Jesucristo no quiere hacer las cosas a escondidas, para evitar conflictos, para no meterse en apuros gratuitos. Todo lo contrario, él abre el conflicto. Ya de entrada nos dice el evangelista que ellos estaban al acecho. ¿Qué quiere decir ‘al acecho’? Es una posición de caza, de cacería, como el gato que está listo para lanzarse sobre el ratón. Ya de antemano estaban en esa actitud para pescarlo en alguna trampa, para poder acusarlo de violar el sábado. Jesucristo también tiene una mirada hacia ellos: los mira con ira y con pena. Así es, Jesús no era una perita en dulce, no era persona bonachona, él sabía enojarse e indignarse por cuestiones verdaderamente importantes, como la cerrazón del corazón de esas gentes, como hay o habemos tantas en este mundo.

Jesucristo les plantea a los fariseos de aquel tiempo, y a nuestro tiempo también, con toda claridad dos cosas antagónicas: ¿para qué sirve el sábado, para dar vida o para dar muerte? Ellos no responden verbalmente la pregunta, pero sí lo hacen con sus decisiones. Jesucristo le da la salud a este hombre, ellos en cambio, ese mismo día, antes de que se termine el sábado, se confabularon con los herodianos (con aquellos con los que no se juntaban nunca) para matar a Jesús. Yo quisiera remitirme a la Biblia de Jerusalén que puntualiza mejor las cosas: no dice que simplemente ‘salieron’, sino ‘en cuanto salieron’, es decir, todavía no se terminaba el sábado. Ellos utilizan el sábado para planear la muerte de una persona. ¡Qué religión tan absurda! Exigen respetar el sábado pero bien que lo violan a profundidad planeando la muerte de un ser humano. ¿En dónde está la voluntad de Dios en respetar un día de 24 horas o en respetar al ser humano?

Miremos nuestra sociedad y nuestra Iglesia. ¿Cómo se hacen las cosas: como los fariseos que se valen de los mandamientos de la ley de Dios para golpear o tramar la destrucción de una persona, o como Jesús, que pone a las personas y la vida muy por encima de las leyes? Podríamos poner infinidad de ejemplos.

 

 

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