Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





NO SEAMOS SORDOS A LA VOZ DE DIOS NI A LAS VOCES DEL MUNDO

Domingo 9 septiembre 2018, 23º ordinario

Marcos 7,31-37.

 

Carlos Pérez B., Pbro.

 

El domingo pasado escuchábamos que Jesucristo nos hacía esta pregunta que él mismo respondió: ¿qué es lo que hace impuro al hombre? Ya escuchamos su enseñanza verbal: no es lo que entra de fuera lo que contamina al hombre sino lo que sale del corazón. Es decir, la impureza no está en la raza o en la religión que cada quien profesa, o en el color de la piel, diríamos ahora, en tu nivel económico o escolar, como así lo vivían los judíos de aquel tiempo y las sociedades de hoy.

Ahora Jesucristo, al pasar a regiones donde habitan pueblos ‘impuros’ nos hace ver que no podemos catalogar así a un pueblo o a una raza porque no profesan su fe en el mismo Dios de los judíos. El pueblo judío consideraba que todos los pueblos de su alrededor eran impuros, que no eran capaces de tener verdadera fe. Ya en el capítulo anterior, en su visita a su pueblo de Nazaret, nos enseñó que la falta de fe es lo que no le permitía hacer milagros. Pues en este capítulo 7 nos dice san Marcos que Jesucristo fue primero a la región de Tiro y Sidón, donde vivían gentes no judías, no circuncidadas, paganas. Y en seguida, se pasa a la Decápolis, al oriente del lago de Galilea, donde igualmente viven sólo paganos.

En Tiro realizó Jesús el milagro a distancia de la expulsión de un espíritu impuro, porque una mujer tenía verdadera fe, y lo demostró ante las aparentes resistencias de Jesucristo. Y ahora, en la Decápolis cura a este sordo tartamudo, y también le dará de comer a una multitud. Con estos milagros Jesucristo demostrará que sí ha encontrado fe en estas gentes, y que por lo mismo no pueden ser consideradas impuras por aquellos que se creen muy religiosos. Hoy lo contemplamos en este sordo tartamudo que otros le presentan.

Es bonita la manera como Jesús le abre los oídos y le suelta la lengua. A nosotros nos puede parecer muy carente de higiene, pero es que Jesús hace lo que el Padre Dios hizo con la creación, como dice el salmo 8: el ser humano es obra de los dedos de Dios (no las manos, sino la delicadeza de los dedos). Y eso hace Jesús con este hombre, lo recrea, lo hace nuevo. Mete sus dedos en los oídos y le pone saliva de la propia en su lengua. A aquella mujer sirofenicia le había hecho el milagro a distancia, pero aquí lo realiza con toda delicadeza, con cariño digamos maternal, como lo hace una madre con su niño cuando se le enferma. ¿No es así?

La obra de Jesús, debemos repetirlo siempre, es abrirle los ojos a los ciegos, los oídos a los sordos, soltarles la lengua a los mudos, como lo dice Isaías en la primera lectura. Los creyentes en Jesús no podemos ser al revés: cerrados de ojos y de oídos, de lengua trabada. Si la Iglesia, en algunos tiempos ha hecho eso, no ha estado en la línea de Jesús. Porque a veces en algunas congregaciones que se consideran cristianas, se impone silencio, se les ocultan las cosas a sus miembros, especialmente a los laicos, para que no oigan ni vean ni se expresen, con el pretexto de que se pueden escandalizar, porque hay muchas cosas, se dice, que ellos no deben de saber. ¿No hemos tratado así a los laicos por años sin término, como incapaces de oír, de hablar, de participar?

La obra de Jesús, su santo reino, consiste en abrirnos los oídos. ¿Para qué? Para que en primer lugar nos vayamos capacitando para escuchar a Dios. El creyente no puede ser un sordo a la voz de Dios, hay que decirlo en este mes de la Biblia. Los católicos que no leen ni estudian la Biblia, son en realidad sordos a la voz de Dios.

El creyente, además, debe tener los oídos abiertos a las diversas voces del mundo. Jesucristo escuchaba a los paganos, como la mujer que le rogaba por la salud de su hija; como los que traían a este sordo tartamudo que no podía expresarse pero que su sola discapacidad era un grito silencioso ante los oídos de todos; como las multitudes que se congregaban en torno a él y él percibía su hambre de pan y de la Palabra.

Cuánto daño nos ha hecho a los cristianos y a la Iglesia en su conjunto en habernos encerrado en nosotros mismos, como si fuéramos poseedores de la verdad, como si fuéramos autosuficientes. Por eso ahora el Papa Francisco nos convoca a ser una Iglesia en salida, una Iglesia hacia afuera.

En la Iglesia como en la sociedad todos tienen derecho a expresarse y a ser escuchados. No es la democracia del mundo, tan limitada en tantas cosas, sino la obra de Jesús en lo que nosotros creemos.

 

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