Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





JESÚS ES EL CRISTO, NO  NOSOTROS

Domingo 16 septiembre 2018, 24º ordinario

Marcos 8,27-35.

 

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Le hemos venido siguiendo los pasos a Jesucristo en las páginas del evangelio según San Marcos. ¿También lo estamos siguiendo en la realidad? De eso se trata.

En ese camino de seguimiento, él nos lanza una pregunta sorprendente: ¿Quién soy? ¿Quién dicen las gentes, quién dicen ustedes? Todos los que nos decimos cristianos debemos hacernos la pregunta con mucha seriedad, y no sólo una vez, sino frecuentemente. Y la hemos de contestar a profundidad. San Mateo coloca esta pregunta en tierra de paganos, en Cesarea de Filipos. San Lucas, en ambiente de oración. San Marcos, como lo hemos escuchado, en el camino. Es una riqueza contar con todos estos acentos, porque cada uno es una situación que debemos vivir. No es una pregunta que se responde a la ligera, o desde la cabeza, ni siquiera sólo desde el corazón. Esta pregunta la hemos de contestar, según san Marcos, desde nuestro seguimiento de los pasos de Jesús.

Simón Pedro responde: tú eres el Cristo (tú eres el Cristo de Dios, según san Lucas; tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, según san Mateo). La palabra ‘Cristo’ quiere decir ‘ungido’. Se unge con aceite a una persona con la intención de ponerle el sello de Dios, su marca, su llamado, su elección. Jesucristo fue marcado con el sello del Espíritu. Nosotros somos ungidos desde nuestro bautismo, por eso nos llamamos cristianos.

Ya el hecho de que las gentes pensaran que Jesús era un profeta del tamaño de Juan Bautista o de Elías, ya es ganancia, porque la gente no pensaba que Jesucristo fuera un charlatán, un engañador, o una persona del poder o del culto. Pero desde luego que para nosotros es mucho más que un profeta. Por eso cuando leemos la Biblia no le concedemos la misma autoridad a Moisés, o a Isaías, o a san Pablo. Jesús está por encima de todos. Para algunas sectas, Jesús es solamente un profeta, como los testigos de Jeová. Para los musulmanes igual, aceptan a Jesús como profeta pero no como el Hijo de Dios.

¿Para nosotros quién es Jesús? No es suficiente que repitamos de memoria la respuesta de Pedro según cualquiera de los tres evangelios. Repasemos nuestra vida, repasemos cómo hemos vivido nuestra fe. Cómo quisiéramos que todos los católicos se detuvieran en esta pregunta. ¿Conocen a Jesús por la lectura y el estudio directo de los santos evangelios? ¿O conocen sólo imágenes suyas, sólo han oído hablar de él? ¿Lo conocen realmente o sólo se lo imaginan? ¿En qué lugar de sus vidas lo tienen colocado? ¿Es Jesús el que los mueve o es sólo un accesorio o un adorno en sus vidas?

Como la respuesta de Pedro no era suficiente, Jesús les revela la suerte que le esperaba en Jerusalén. ¿Qué les dijo? "Que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días”. Este anuncio se lo dirá Jesús a sus discípulos en tres ocasiones: en el capítulo 8, en el capítulo 9 y en el capítulo 10. La reacción de los discípulos será contraria en las tres ocasiones. A este primer anuncio es Pedro el que se resiste, en nombre de todos. Regaña a Jesús siendo que él es el discípulo y Jesús el Maestro. Jesús, por su parte, se le devuelve y le dice unas palabras muy fuertes, que son desde luego para cada uno de nosotros. "¡Colócate detrás de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”. El leccionario romano e incluso la Biblia de Jerusalén no traducen bien estas palabras, porque Jesús no le dijo a Pedro que se quitara de su vista, que se borrara o que se desapareciera, sino que se colocara en el justo lugar que le correspondía en su calidad de discípulo, es decir, detrás del Maestro, no adelante. Ninguno de los discípulos de aquel tiempo ni de este tiempo le hemos de indicar a Jesús cuál es el camino que debe tomar, de qué manera debe él ser el Cristo o el salvador del mundo; si debió haber sido rico o pobre, si era más fácil salvar a este mundo desde los recursos materiales o desde el poder político. No sintamos que la manera como nosotros celebramos la misa es superior a la manera como él celebró la última cena. Él es el Maestro, él es el que nos lo tiene que enseñar. Si la pasión, la cruz y la resurrección son la salvación para este mundo, nosotros no debemos cambiar de método.

¿Cuándo pretendemos cambiarle el rumbo a Jesucristo? Cuando nos hacemos cristianos e Iglesia del poder, del prestigio; cuando pensamos (y así vivimos) que el dinero y las armas pueden ser la salvación de este mundo. Nuestro Señor Jesucristo sabe que el despoder o despojo de sí mismo, la entrega gratuita de la vida, la humildad y la pobreza, el amor y no el odio, son la salvación del mundo.

 

 

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