Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





CON JESÚS ESPERAMOS TIEMPOS NUEVOS

Domingo 2 de diciembre 2018, 1º de adviento

Lucas 21,25-28 y 34-36.

 

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Comenzamos un tiempo litúrgico que se llama ‘adviento’. Adviento quiere decir venida. ¿La venida de quién o de qué? El adviento litúrgico es el tiempo en que vivimos en la espera de la llegada inminente y al mismo tiempo a largo plazo del Enviado de Dios, de Jesucristo nuestro Señor y todo lo que él trae consigo. Adviento no es un tiempo festivo, superficialmente festivo, de compras, regalos, fiestas, comidas, bebidas, vacaciones, viajes. Todo eso viene con el mes de diciembre, pero para los creyentes, el adviento es el tiempo en que preparamos nuestro espíritu para recibir al Hijo de Dios que viene a nosotros. Ya vino hace 2 mil años, en la pobreza del pesebre de Belén, en la pequeñez de un recién nacido, pero él continúa viniendo a nosotros de muchas maneras. Esto es lo que queremos vivir, esto es nuestra vida cristiana toda, pero ahora lo hacemos con más intensidad: vivir en la esperanza de la plenitud de los tiempos de Dios, de la plenitud de su voluntad salvadora, de la plenitud de su gracia por esta humanidad.

Les recuerdo que, según yo, hay tres clases de adviento: uno es el adviento litúrgico que se ciñe a estos cuatro domingos y sus correspondientes días antes de la navidad. Otro es el adviento existencial, el que se vive toda la vida cristiana, el que se vive poniendo la mirada en el tiempo de Dios. En el adviento litúrgico vivimos más intensamente lo que debe ser toda nuestra vida: esperar activamente la llegada de la plenitud de la creación y la salvación. Y el otro adviento son las fiestas decembrinas, el adviento de la propaganda, de la calle, del comercio.

En los atrios del templo de Jerusalén estaba platicando Jesús con sus discípulos sobre la destrucción de ese templo de piedras que tenían frente a sus ojos, pero también se refería él a su segunda venida y las señales que habían de preceder, y de hecho están precediendo, a esa segunda venida. Esta humanidad estamos viviendo un tiempo de transición. Ésta no es la creación acabada que Dios quiere para nosotros. ¿Cómo podría ser este mundo actual la creación que Dios ha querido? Violencia, muerte, guerra, egoísmo, odio, materialismo, consumismo. Claro que ni nosotros ni por supuesto Dios quiere un mundo y una humanidad así.

Jesucristo ha iniciado el proceso de transformación profunda y radical de este mundo nuestro, como Dios lo quiere, como nosotros desgraciadamente no lo queremos, o nos resistimos a entrar en ese proyecto de Dios. ¿Cuándo será eso, cuáles son las señales de que ya está a punto de llegar? Era la pregunta que le hicieron los discípulos y es también nuestra pregunta hoy día, al menos para los que queremos de corazón que ya llegue la plenitud de los tiempos de Dios.

Nuestro Señor responde a esa pregunta diciéndonos que se sucederán muchos acontecimientos, pero que no nos confundamos, que no nos dejemos engañar. Nos habla de terremotos, hambre, epidemias, persecución de cristianos, guerras, señales en el cielo. Él quiere creyentes maduros, no asustadizos que se quiebran por las adversidades. Nos quiere firmes, enteros. Jesucristo quiere que los cristianos seamos personas atentas a las señales de los tiempos, que sepamos distinguir a distancia esas señales, que nos cultivemos en el discernimiento. Las hay negativas, pero también positivas y esperanzadoras.

Mientras que el Señor viene de forma definitiva, no nos dejemos envolver por los vicios; que no se nos embote la mente por las preocupaciones de la vida; lo escuchamos en el pasaje evangélico. Los cristianos ciertamente sí debemos ocuparnos de los problemas de cada día, pero una cosa es dedicarles el tiempo necesario, y otra cosa es dejarnos atrapar por ellos, dejar que las cuestiones cotidianas nos roben todo nuestro tiempo y toda nuestra atención. Cuántas veces les pedimos a nuestros católicos que si quieren ser cristianos, se tienen que dar tiempo para la oración, para la misa dominical, para el estudio de la Palabra de nuestro Maestro, para la caridad, para el apostolado. ¿Son muchas cosas? Desde luego que no, simplemente es vivir lo que es nuestro. Y falta una cosa.

Vivamos activamente en comunión con el proyecto de Dios para esta humanidad: hacerla radicalmente nueva. ¿Dedicamos tiempo a esto? Jesucristo entregó su vida entera a ello. Nutramos nuestro espíritu para entregar también la nuestra por el proyecto de vida de Dios.

 

 

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