Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





FELICES LOS POBRES Y OLVIDADOS

D. 17 febrero 2019. 6º ordinario

Lucas 6,17 y 20-26.

 

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Al templo de Jerusalén, el lugar santo del pueblo judío, se acercaban sólo los judíos. En cambio, a Jesús se le acercan tanto judíos como extranjeros. Los de la costa de Tiro y Sidón eran paganos. Ante ese auditorio tan heterogéneo Jesús habla de la felicidad y de la infelicidad.

¿Qué cosas afirma nuestro Señor? Que son felices los pobres. Es preciso decir, para que vayamos conociendo más los santos evangelios, que contamos con dos versiones de las bienaventuranzas. Las de san Mateo 5, tienen una cierta nota más espiritual, son como ideales evangélicos que Jesucristo nos propone a los que somos sus discípulos; así como diciendo: ‘si quieren ser felices, sean así’, como por ejemplo pobres en el espíritu. En cambio, la versión de san Lucas 6 como que habla de realidades más que de ideales. No se trata de que los discípulos seamos pobres o sufrientes, sino de las personas que ya están pasando por esas situaciones. Y detrás de las palabras de Jesús se palpa su deseo o ideal de que los pobres y sufrientes dejen de serlo, ahora y sobre todo en la eternidad de Dios.

La bienaventuranza o felicidad es un espíritu que recorre toda la sagrada Escritura y toda nuestra vida humana. Todos buscamos la felicidad, pero no siempre en el lugar adecuado. El profeta Jeremías habla de la felicidad y de la infelicidad (primera lectura), lo mismo que el salmo primero del salterio (salmo responsorial).

Así es que, felices son los pobres materiales, los que tienen hambre ahora, los que lloran, los que son rechazados y expulsados, los insultados y maldecidos por causa de Jesús. Y al contrario, infelices son los ricos, los satisfechos, los que ríen ahora, los alabados por todo el mundo.

¿Estamos de acuerdo con esto que dice nuestro Señor? La verdad es que quisiéramos más explicaciones de parte de él. Es posible que románticamente, sentimentalmente digamos que los pobres son más felices que los ricos, porque eso dicen las telenovelas en ciertos momentos o con ciertos personajes, como recuerdo que se presentaba Rosa Salvaje, o Bety la fea, o no sé cuáles otras a las que les cambia la suerte al final de la serie. Pero hay que decir que esto tiene mucho de ficción. Pero afirmar que son felices los que lloran, o los que tienen hambre ahora, más aún, los insultados y maldecidos, pues eso sí que no lo entendemos y quién sabe si mucho menos lo aceptamos. Si los que lloran son felices, entonces ¿por qué lloran? O lloran o son felices, hay que decirlo así con simpleza. El mundo en general no piensa como Jesús. Para la inmensa mayoría de los seres humanos, la felicidad está en la riqueza, en la diversión, en el poder, en el honor, por eso nos afanamos tanto por ellos.

A los discípulos lo que nos interesa es entrar en el misterio de Jesucristo, entrar en su corazón. Jesús contempla la verdadera felicidad desde la misericordia de Dios. Dios, por su compasión entrañable, está con ellos, de su lado, y ahora y después, acogerá a los pobres y los sufrientes de este mundo, que son muchos; a todos los inocentes, a los enfermos, a las mujeres maltratadas, a los indígenas conquistados, a los obreros mal pagados, a los migrantes, a los discriminados de todas las sociedades.

Así es, Jesucristo nos está hablando de las entrañas de misericordia de Dios. La suerte de tantísimas personas va a cambiar radicalmente cuando estén en la presencia de Dios, y ya desde ahora Dios está con todos ellos. Qué mejor que estas mismas personas contemplen su propia bienaventuranza desde el corazón de Dios: ‘hoy sufro pero mi consuelo es Dios’, ‘hoy padezco pero mi fe es una fuerza de felicidad aún en las condiciones más adversas’.

Si nos fijamos bien, en Jesucristo el Hijo de Dios se cumplen cabalmente cada una de estas bienaventuranzas. Él fue un pobre que se encarnó y se crió en una aldea desconocida y sin importancia llamada Nazaret, nació para ser recostado en un pesebre, fue un galileo pobre, amigo de pecadores y publicanos, fue insultado y maldecido para terminar crucificado. Si no creemos inicialmente en sus palabras, o nos confunden porque no las entendemos a profundidad, contemplemos la verdadera y profunda bienaventuranza de Dios en toda la persona de su Hijo.

¿Y nosotros? ¿Buscaremos que los poderosos sigan empobreciendo aún más a los ya empobrecidos, que los malvados sigan haciendo sufrir a los inocentes, que este mundo de malas entrañas insulte y haga llorar a tantísimos seres humanos para que podamos acceder a la felicidad de Dios? Desde luego que Jesucristo, al decir las cosas con tanta fuerza y claridad, lo que trata es de hacer reaccionar a todo mundo, de que tome conciencia de que la verdadera felicidad, la felicidad de Dios, no la debemos buscar en el dinero, en el placer, en la diversión, en el poder humano, en los honores baratos porque terminaremos decepcionados; que mejor busquemos servir a Dios y a su proyecto de vida para todo este mundo sufriente y veremos que iremos entrando todos en la felicidad de Dios.

 

 

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