Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





EN DÓNDE ESTÁ EL ACENTO EN NUESTRA RELIGIÓN

15º domingo ordinario. 14 julio 2019

Lucas 10,25-37.

 

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Primero quiero dar una visión de conjunto de este pasaje y sus paralelos para que sea más rica nuestra escucha de la palabra del Maestro: En Mateo 22 y en Marcos 12 es Jesús el que responde a una pregunta algo distinta: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” En Lucas la pregunta del maestro de la ley es "¿qué debo hacer para tener la vida eterna?”. Esta pregunta también la encontramos en aquel rico que se encontró con Jesús. La respuesta de Jesús a este hombre fue distinta: "Ya sabes los mandamientos… Aún te falta una cosa. Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres… luego, ven y sígueme” (Mateo 19,16; Marcos 10,17; Lucas 18,18).

En el pasaje de hoy de Lucas, Jesucristo consigue que el legista responda a su propia pregunta. En Marcos, Jesús responde con el Shemá, ‘escucha, Israel’, oración que los judíos recitaban diariamente. Sólo Lucas nos amplía la respuesta de Jesús con la parábola del samaritano compasivo. Es preferible llamarle así, porque decir ‘el buen samaritano’ se presta para entender esta palabra en sentido moralista, como si el acento de Jesús estuviera en su buen comportamiento, siendo que este samaritano nunca pisaba el templo de Jerusalén. Más bien lo relevante es que no siendo tan piadoso, según la mentalidad de los judíos, era compasivo.

Tengamos bien presente que se trata de una parábola. ¿Qué quiero decir con esto? Que los personajes y los lugares los ha escogido Jesucristo con todo propósito. Los acomoda de acuerdo a su conocimiento que tenía sobre las personas de aquellos tiempos, y también los nuestros. Jesús escoge el camino de Jerusalén a Jericó, es el camino que viene o conduce al templo. Jesús escoge al sacerdote y al levita y los presenta dando un rodeo. Jesús escoge al samaritano. Los samaritanos no se distinguían por su cumplimiento de la ley de Moisés, nunca iban al templo. Jesucristo no nos está platicando un hecho aislado que le tocó presenciar por casualidad. No. Es una parábola que manifiesta claramente su mentalidad.

Esta parábola hace que en el evangelio de hoy le pongamos menos atención al amor a Dios. El maestro de la ley lo hace, no pregunta quién es Dios sino quién es mi prójimo. Y yo creo que las diversas religiones del mundo es donde tenemos más duda, no en Dios sino en el prójimo, incluso me atrevo a decirlo de los diversos movimientos sociales actuales: porque hablas de la clase obrera, o de la diversidad de orientaciones sexuales, o de los extranjeros, o de los migrantes… pero sólo hablas y ahí te quedas, para darle vida a una ideología, no para preocuparte efectivamente por las personas, te reduces a un colectivo y excluyes a todos los demás. ¿Te interesan los niños, los jóvenes, los pobres reales, los excluidos? Sólo en la medida que sirvan para mi ideología.

El sacerdote y el levita venían de darle culto a Dios. Ése era su oficio. Cualquier parecido con nuestros tiempos no es mera coincidencia. Del samaritano podemos estar bien seguros que no venía de darle culto a Dios, pero su cantidad de atenciones hacia el asaltado era su mejor acto de culto al Dios de Jesús. En el fondo, Jesucristo nos está hablando también de quién es Dios, cómo podemos brindarle nuestro amor.

En otros lugares de los santos evangelios Jesús nos dice no sólo qué debemos hacer para alcanzar la vida eterna sino cómo debemos ser, cuál es nuestra identidad de cristianos y de seres humanos: la caridad, la compasión, la misericordia, el amor (Oseas 6,6; Mateo 9,13; Mateo 12,7; Mateo 25, etc.)… lo demás es sólo la cáscara. ¿Me permiten decirlo así? Al apóstol Santiago sí se lo permitimos: "la fe, si no tiene obras, está realmente muerta” (Santiago 2,17).

Este hombre asaltado representa en nuestros días a muchas personas y muchos colectivos que son maltratados y despojados en nuestra sociedad: los asaltados por la delincuencia común y por el crimen organizado, los indígenas que han quedado despojados de su patrimonio original que eran las tierras de nuestro país, la gente del campo que ha quedado al margen de esta economía neoliberal, las mujeres que son la parte débil de la humanidad, los pequeños, tan frágiles ante los intereses y los deseos de los adultos, las gentes de las colonias de la periferia de nuestras ciudades, etc.

No nos vayamos a quedar en una mera imagen romántica. Pensemos: en nuestra vida cristiana, en la pastoral parroquial, en la pastoral diocesana, en nuestra vida de Iglesia ¿dónde ponemos el acento y a qué dedicamos nuestro tiempo, qué nos identifica como Iglesia? ¿La liturgia, las palabras, la caridad?

 

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