Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





¿SERÁ NECESARIO QUE UN MUERTO SE NOS APAREZCA?

26º domingo ordinario. 29 septiembre 2019

Lucas 16,19-31.

 

Carlos Pérez B., Pbro.

 

En este mes de la Biblia, que estamos casi concluyendo, invitémonos a acoger a Jesucristo como nuestro Maestro, el Maestro que nos enseña, que nos instruye, que nos forma con su Palabra y con toda su Persona. Todo pasaje evangélico así lo recibimos en nuestro corazón, mucho más que una lección de un maestro, como una enseñanza de vida y de salvación. Y queremos conseguir que todos los católicos lo hagan. Católico que no está estudiando cada día los santos evangelios en realidad no es un verdadero discípulo de Jesucristo, no es un verdadero cristiano. Es una persona que no se deja enseñar personalmente por el Maestro.

¿Qué nos enseña hoy nuestro Maestro? Nos ofrece un llamado a la conversión por medio de unas imágenes plásticas: un rico que se banquetea espléndidamente, un pobre hambriento, lleno de llagas. Ambos se mueren pero sus destinos son diametralmente distintos: uno al lugar de castigo, y el otro al seno de Abraham. No habla Jesús del cielo, del paraíso o de la casa del Padre, porque les está hablando a los fariseos (que eran amigos del dinero, ver Lucas 16,14), y esta parábola se les haría más familiar, porque ellos sí creían en la resurrección y en el Dios de Abraham.

Los diálogos entre nuestro padre Abraham y el rico son creación de nuestro Señor. Él coloca sus palabras y sus propios pensamientos en cada uno de los personajes, como es propio del que redacta su parábola. Quienes estudiamos el Evangelio y conocemos más o menos a Jesús, no tomamos esta parábola como una sentencia condenatoria contra los ricos, porque a nuestro Señor no le da por condenar (y lo mismo decimos de otros pasajes que son también muy fuertes y drásticos). Nosotros tomamos esta parábola, primero como un fuerte llamado a la conversión. ¿Quién no se siente llamado a cambiar su estilo de vida egoísta al escuchar la palabra del Maestro? Y segundo, como una buena noticia de gracia.

Me explico un poco. No creemos que sea propósito de nuestro Señor mandar al infierno a nadie. Pero sí nos advierte que debemos cambiar nuestros corazones, nuestra vida y nuestra sociedad capitalista. Por cierto que en este mes de la Biblia pongamos atención a lo que dice Jesús: no es necesario que se nos aparezca un muerto para que cambiemos nuestra vida, basta con que le pongamos atención a la Sagrada Escritura, ahí Dios es el que nos llama insistentemente, sobre todo su Hijo Jesucristo, a abrir el corazón a nuestros hermanos más necesitados como el camino de la salvación para este mundo.

 Y respecto a lo segundo, ésta es una buena noticia que nos habla de la gratuidad o gracia de Dios nuestro Padre (representado por nuestro padre Abraham, quien también es representado en el capítulo anterior por un pastor, por un ama de casa o un padre que espera el retorno de su hijo). Si nos fijamos atentamente, no dice nuestro Señor que el pobre Lázaro se portara muy bien, que no iba a las cantinas, que siempre iba a misa, que rezaba y se persignaba. Nada de eso. Sólo dice que tenía mucha hambre y estaba cubierto de llagas. Nuestro padre Abraham, o el Padre del cielo recibe a Lázaro porque él sí es compasivo, él sí tiene entrañas de misericordia. Y podemos estar seguros que cantidad de sufrientes a lo largo de la historia ya están gozando, no por sus méritos, de la eternidad misericordiosa de Dios. En una bienaventuranza, según san Mateo, nos dice Jesús: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5,7).

Pareciera que Jesucristo exagera los males del pobre Lázaro. Sí hay muchos casos como éste en nuestro mundo; no es una exageración. Pero no nos quedemos en los casos extremos. Acojamos el llamado de Jesús que nos hace voltear nuestra mirada y nuestro corazón hacia todos los que padecen necesidad: pobres, enfermos, discapacitados, o simplemente al margen de una vida digna de un ser humano. Si no lo hacemos, entonces sí recibamos esta buena noticia como una severa advertencia. Y no nos quedemos en casos particulares, ¿por qué no mejor cambiamos nuestro mundo y nuestra economía para que no siga habiendo Lázaros?

 

 

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