Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





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LA TRANSPARENCIA DE JESÚS

Domingo 21 de junio de 2020

12º ordinario

Carlos Pérez B., pbro.

 

El domingo pasado, en nuestra lectura dominical continuada del evangelio según san Mateo, escuchábamos que, producto de la compasión que sentía Jesús por las multitudes, llamó y envió a los doce a predicar y a sanar. Para este llamado y envío, que también nos toca a nosotros, Jesucristo nos deja varias instrucciones. Hoy leemos sólo unas pocas, ustedes lean las demás en su casa, es el capítulo 10 de san Mateo. Nuestra misión, nuestra vida cristiana, nuestra vida de iglesia se han de distinguir por la transparencia, por la valentía y por estar dispuestos a dar la cara por Jesús.

Nuestro Señor es amante de la transparencia. ¿Cómo nos lo dice hoy? "No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas”. Así quedó escrito todo su evangelio, su buena noticia. Siempre habló con la verdad, directo, abiertamente, con claridad, ante el pueblo y ante autoridades judías y romanas. Por eso era libre, porque ante nadie tenía que quedar bien. Fue fiel a sus mismas palabras: "la verdad los hará libres” (Juan 8,32).

Ante el sumo sacerdote, como un acusado de delito, respondía: "¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho”  (Juan 18,21). Es cierto. Si tenía que decirles algo a los escribas y fariseos, se lo decía de frente, y delante de la gente: "escribas y fariseos hipócritas” (Mateo 23,13ss). A un hombre que tenía la mano paralizada, Jesús le pidió que su pusiera en medio, en la sinagoga, para que los que estaban a su acecho, vieran claramente el milagro que iba a hacer. Nunca ocultó por un falso respeto humano las fragilidades de sus discípulos, a pesar que sobre ellos iba a dejar su Iglesia y su obra de salvación (desde luego que con la asistencia del Espíritu Santo). A Simón Pedro le dijo ‘satanás’, y así se escribió en los evangelios según san Mateo y según san Marcos, sin ocultárselo a cristianos y paganos que pudieran leer estos evangelios. Y en los cuatro están, con toda transparencia, escritas las negaciones, la traición, el abandono de sus más cercanos colaboradores. No tenía miedo Jesús de que las futuras generaciones fueran a desconfiar de quienes él había escogido como sus primeros enviados.

¿Por qué las personas amamos el ocultamiento y no la transparencia? Una razón es que en lo oculto se pueden hacer muchas cosas y uno no se expone, no expone su fama, su prestigio, ni su puesto. Platicando con un magistrado judío, de esos especialistas en la simulación, le decía Jesús: "Todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Juan 3,20s).

Podríamos repasar infinidad de pasajes en el resto del nuevo testamento para constatar la transparencia que practicaron los primeros cristianos. San Lucas, por ejemplo, en su libro de los Hechos, no oculta ni disfraza las cosas para hablarnos de los conflictos internos que vivió la primitiva Iglesia, incluso algunas fuertes discusiones. Hay gente que dice que la ropa sucia se lava en casa, pero esta Iglesia naciente no temía ‘quemarse’ frente a los evangelizandos. Al contrario, mostraba sus fragilidades para que se viera que un tesoro tan grande era llevado en vasijas de barro, así resplandecía, no la Iglesia, sino Dios (vean 2 Corintios 4,7). Precisamente un ejemplo muy vivo lo tenemos en san Pablo, era enérgico hasta con el mismo primado de los apóstoles, Pedro: "Mas cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión… Pero en cuanto vi que no procedían con rectitud, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas en presencia de todos: Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?” (Gálatas 2,11ss).

En nuestra vida ordinaria, en nuestra vida de iglesia, ¿amamos la transparencia? ¿O tenemos pelos en la lengua? ¿Les seguimos la corriente a los que tenemos enfrente para no entrar en conflicto? Es muy propio de los seres humanos hacer las cosas así, una vez que dejamos la infancia y vamos aprendiendo a quedar bien con todos… y a protegernos a nosotros mismos. Y terminamos pensando como todo mundo, hablando como todo mundo, portándonos como todo  mundo.

Para darnos fortaleza, nuestro Maestro nos dice que no tengamos miedo, no sólo a los que puedan hablar mal de nosotros, sino ni siquiera a los que pueden matar el cuerpo. Qué fácil le resulta a él decirlo así.

 

Nota final.- Somos muchos los católicos que queremos que nuestra jerarquía eclesiástica se conduzca con más transparencia en todos sus asuntos. Hay muchas cosas que se hacen allá arriba en secreto, no cosas de fuero interno, sino cosas que nos incumben y nos afectan a todos.

 

 

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