Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     




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EL PERDÓN ES SALUD Y SALVACIÓN

Domingo 13 de septiembre de 2020

24º ordinario

Mateo 18,21-35.

Carlos Pérez B., pbro.

 

"Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?... No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Si sólo leyéramos este versículo, independientemente de su contexto evangélico, estaríamos en riesgo de alterar la enseñanza de Jesús y sustituirla por la manera de pensar de los hombres (precisamente lo que le reclamaba Jesucristo a Pedro en el capítulo 16 de este evangelio según san Mateo). Las gentes pensamos, aunque no lo pongamos en práctica, que hemos de perdonar de la siguiente manera las ofensas o agravios que otras personas nos hagan: pasar por alto, cerrar los ojos, aguantarnos, perdonar sin más ni más, hasta 70 veces siete. Y ciertamente esto nos suena a algo muy propio de los santos. Y hasta pensamos, sin haber leído los santos evangelios, que así llegó Jesucristo a la cruz, sin expresar ninguna queja ni denuncia contra sus adversarios. En realidad, no lo hacemos así, porque, en la práctica, nos dejamos llevar por el odio, el rencor, el desquite, la venganza, o por lo menos la indiferencia hacia nuestros agresores.

La enseñanza de nuestro Maestro es que hemos de perdonar hasta el final, porque eso es lo que contemplamos en Dios nuestro Padre, representado por el rey de la parábola: te perdono porque no tienes con qué pagarme y porque me lo suplicas. En el sermón de la montaña (capítulo 5 de san Mateo) ya nos había dicho nuestro Señor que sus discípulos (y todos los hombres) hemos de amar a nuestros enemigos, que eso es lo que nos hace especiales como seres humanos; que si nos golpean en la mejilla derecha, que presentemos también la otra, que si nos quieren quitar la túnica, que dejemos que se lleven también el manto. Y sí, esto es lo que nos hace realmente cristianos.

Sin embargo, no olvidemos que el Hijo de Dios vino al mundo a librarnos del pecado, esa realidad que nos destruye, que nos aparta de Dios y de nuestros hermanos, esa orientación que nos lleva por un rumbo completamente contrario a los planes de Dios, el amor, la paz, la justicia, la armonía de los seres humanos. ¿Por qué Jesucristo nos llamaba y nos llama a la conversión para ofrecernos su santo reino? Porque, o nos entregamos a Dios, o nos dejamos aprisionar por el pecado.

Así es que, no sólo tenemos que perdonar, sino buscar la manera de ayudarles a nuestros hermanos y a nosotros mismos, a cambiar de vida, a salir del pecado. Recordemos el pasaje del domingo pasado y la parábola que está antes del evangelio del domingo pasado: "no es voluntad de su Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños”, leemos en el versículo 14 de este capítulo 18. Precisamente porque el Padre eterno no quiere que se pierda uno solo de los seres humanos, por eso sale a buscar a cada quien como el pastor a su oveja perdida. Y el recurso que nos da Jesús para ayudarnos unos a otros a escapar de las garras del pecado, se llama corrección fraterna. Siempre, por enseñanza de Jesús, han de ir juntos, el perdón y la corrección. El solo perdón puede equivaler a perdición si no va acompañado de llamado a la conversión. Si dejas que tu hermano permanezca en el pecado, ese perdón no es salvación.

El perdón es salud para el alma. Sólo quien deja que crezca esta actitud, que el Maestro quiere sembrar en nuestros corazones, es capaz de corregir por amor, al agresor. Esta sociedad nuestra, tan justiciera, no lo contempla, pareciera como si el mero acto de justicia con castigo sin remisión fuera lo más saludable. No es así. El perdón nos libera del odio, cáncer que carcome por dentro. El perdón nos asemeja a Dios, más aún, el perdón nos asocia al Dios de la misericordia, como bien lo dice Jesús, pero en el evangelio según san Lucas: "sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Lucas 6,36).

Hay que precisar, sin embargo, que el perdón no se da como un acto de magia, sino que es todo un proceso en el que hay que ir trabajando espiritualmente, en la oración, en la escucha de la Palabra, en la recitación del ‘Padre nuestro’, "perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mateo 6,12), y es el corolario de la parábola que hoy escuchamos: "lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

 


 

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