Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     




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NO SON LOS ACTOS DE CULTO SINO LA CARIDAD

Domingo 22 de noviembre de 2020

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Mateo 25,31-46.

Carlos Pérez B., pbro.

 

Con este pasaje culmina Jesucristo sus enseñanzas en el evangelio según san Mateo… y qué enseñanza tan fuerte, tan clara y tan cuestionante nos ofrece hoy, al concluir el año litúrgico con la fiesta en la que lo contemplamos y lo celebramos como el Rey del universo. Así es, a ese pobre galileo, nacido en un pesebre, criado en un pueblito insignificante, profeta itinerante, sin palacio, sin trono, sin servidores, es más, sin dinero, sin armas ni ejércitos, sin poder humano. A ese pobre galileo lo contemplamos como el soberano de todas las cosas. Y qué bella imagen del final de los tiempos nos ofrece en este pasaje: nos muestra su reino sin lujos, un reino presente y a la vez futuro, el hoy y la plenitud de los tiempos. ¿Cómo es su reino? Es el reino del amor hacia los más desamparados.

Su reino no es como los reinos mundanos, donde se impone el poder, el sometimiento, la falsedad, la adulación, la injusticia, la mentira, donde se da preferencia a los privilegiados. No. Su reino está en coherencia con toda su obra realizada en los caminos, en las casas, en la orilla del lago, en los montes de Galilea. ¿Cuál había sido su actividad? Abrirles los ojos a los ciegos, hacer andar a los cojos, purificar a los leprosos, abrir los oídos de los sordos, resucitar a los muertos, anunciar a los pobres el evangelio (vean Mateo 11,5).

Jesucristo en verdad que vino a inaugurar, a dejar los cimientos de un reino, de una nueva sociedad. No nos imaginemos el reino de Dios como Jesucristo nunca nos lo describió o como nosotros nos imaginamos el futuro de la humanidad: con edificios, autopistas, automóviles, aparatos electrónicos, con todos los servicios… y, desgraciadamente también, con autoridades ególatras y corruptas como las que hemos tenido, con crimen organizado, con extremada violencia. Jesucristo sólo pensó en las personas. Brindó alimento y salud poniendo a las personas en el primer plano. Ni el dinero o los bienes materiales por encima de las personas, sino sólo Dios, el Padre amoroso.

 Jesucristo, como vemos en el pasaje evangélico de hoy y en el resto de los evangelios, no vino a fundar una nueva religiosidad, entendida ésta como el conjunto de prácticas piadosas; ni tampoco vino a establecer un grupo cerrado y privilegiado de devotos. No. Jesucristo vino a este mundo a establecer el reinado de Dios, un reino de paz, de justicia, de amor, de libertad, de plena realización de los seres humanos, como hijos de Dios, como hermanos entre sí.

No dejemos de repetir cada vez que nos topamos con esta enseñanza de Jesús, que para entrar en ese reino glorioso, no se nos va a preguntar acerca de nuestras prácticas religiosas, de nuestros actos piadosos, que si te persignabas, que si ibas a misa, que si rezabas, si creías en el credo y en todos los dogmas de la Iglesia, nada de eso. El examen final que se nos va a aplicar al final de los tiempos va a consistir en la caridad. Es el ‘boleto’ para ser parte de ese reino glorioso. Si le diste de comer a los hambrientos, de beber a los sedientos, si vestiste al desnudo, si asististe o hiciste algo por los enfermos, o mejor aún, si entregaste tu vida para que en este mundo cambiaran las cosas y ya no hubiera gente con hambre, sin techo, sin educación, sin trabajo, privada del derecho a la vida feliz. ¡Qué caray! Y muchos que a veces ponemos tanto énfasis en nuestros actos religiosos, y que nos vayan a salir con otros requisitos.

Quiero insistir en que la escucha de la Palabra de Jesús nos tiene que llevar a vivir una nueva espiritualidad en la Iglesia. En el pasado, cuando no alimentábamos nuestra espiritualidad con la lectura de los santos evangelios, promovimos religiosidades un tanto distanciadas de la enseñanza de Jesús, de sus acentos propios; que si comulgas los viernes primeros (es mejor hacerlo los domingos, pero no por eso te vas a ir al cielo si te falta la caridad), que si recitas tales o cuales oraciones, o te haces de tal imagen, o también, que si entras a este grupo, o te haces testigo de Jeová o miembro de esta denominación religiosa, etc., te vas a salvar. Es más universal la Palabra de Jesús que escuchamos en este capítulo de san Mateo.

 


 

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