Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





DISPONGAMOS NUESTRO CORAZÓN Y MUNDO PARA RECIBIR A JESÚS

Domingo 2° de adviento, 5 de diciembre de 2021.

Lucas 3,1-6.

Carlos Pérez B., pbro.

 

La buena noticia no es que Tiberio César haya sido el emperador de Roma, ni que esos tetrarcas gobernaran el país de Israel, ni que Anás y Caifás fueran los sumos sacerdotes. La buena noticia fue que la Palabra de Dios no vino sobre ninguno de ellos, sino sobre Juan, un hombre del desierto, de renuncias, un verdadero profeta, como lo dirá más adelante el anunciado por él, Jesucristo nuestro Señor: "¿Qué salieron ustedes a ver en el desierto?... ¿Un profeta? Sí, les digo, y más que un profeta” (Lucas 7,24.26).

Juan era de estirpe sacerdotal, hijo de Zacarías, pero no oficiaba en el templo de Jerusalén, sino en la ribera del Jordán; no entre la gente piadosa que subía a adorar a Dios, sino entre los pecadores, a quienes con mucha energía llamaba a la conversión. Hoy escuchamos la presentación de su persona que nos hace san Lucas, y el próximo domingo, tercero de adviento, nos tocaría proclamar su predicación, pero no la vamos a leer porque la fiesta de la virgen de Guadalupe coincide ahora con ese domingo. Por eso los invito a que en su lectura personal repasen este discurso de Juan, en los versículos que siguen al pasaje que hemos escuchado hoy. Valen la pena, especialmente en este tiempo de adviento.

¿Cómo nos anuncia Juan la venida del Salvador? No lo hace como el ambiente comercial de hoy día, con productos de consumo, con ofrecimientos de aguinaldos y regalos. Primero, antes de pasar a las palabras del Bautista, el evangelista nos ofrece una profecía de Isaías. A esta parte de este libro profético, los biblistas le llaman el "libro de la consolación”, porque así comienza: "consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios. Hablen al corazón de Jerusalén y díganle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa” (Isaías 40,1-2). Y más adelante nos amplía la buena noticia: "Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: Ahí está su Dios. Ahí viene el Señor Yahveh con poder, y su brazo lo sojuzga todo” (Isaías 40,9-10). Este mensajero de buenas noticias es Isaías, es san Lucas, es también Juan Bautista, el mensajero de la buena noticia de que Dios en persona, en la persona de su Hijo, viene a visitar a su pueblo, a este sufrido pueblo. Es la noticia propia del adviento.

Algunos leemos esta profecía, que consigna textualmente san Lucas, en sentido religioso pero también socio-económico. Porque la Palabra y la acción salvadora de Jesucristo no ha venido para quedarse en el aire, sino, como lo leemos en todo el evangelio, para cambiar las condiciones en que vive la gente, la más humilde, la más golpeada. Si no es así, ¿de qué otra manera podríamos acoger eso de que todo valle será rellenado, todo monte y colina rebajado, lo tortuoso se hará derecho, los caminos llenos de baches serán rellenados? No es Juan, ni mucho menos Jesús, los encargados de las obras públicas del gobierno. No. Su obra tiene que ver con las personas, con nuestra sociedad tan dispareja. El verdadero cristianismo hemos de entenderlo y ponerlo en práctica como un quehacer de justicia para los más desamparados, los que están en las zanjas, los que son menos, los que están abajo, y precisamente por eso, otros viven sus privilegios en las alturas.

Si algunos católicos se resisten a aceptar eso, repasemos las palabras de la virgen María, continuación del pasaje evangélico que vamos a proclamar, con el favor de Dios, el próximo domingo, capítulo 1 de san Lucas: "Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada” (Lucas 1,51-53). Si no me lo creen a mí, créanselo a la Virgen.

No es propio de los discípulos de Jesús que entendamos la salvación, meta de nuestra caminata de adviento, como una cuestión personal: ‘me porto más o menos bien para irme al cielo cuando me muera’. Esto es egoísmo. Todos los cristianos hemos de poner nuestro corazón en ese proyecto de Dios Padre que ha venido a realizar su Hijo y que consiste en una humanidad nueva, sin injusticias, sin marginados o descartados, sin pobres y ricos, sino que todos por igual seamos convocados a participar en la fiesta de Dios. Ésta será nuestra plena y verdadera Navidad. Y en este proyecto estamos todos convocados a participar activamente. Colaboremos en hacer de nuestro mundo la humanidad nueva de Dios.

 


 

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