Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





(La intención de compartir estos comentarios es promover e incentivar en clérigos y laicos el gusto por estudiar a nuestro Señor Jesucristo en los santos evangelios)

 

CREER EN LA NAVIDAD DE JESÚS

Viernes 24 y sábado 25 de diciembre de 2021, NAVIDAD

Lucas 2,1-14.

Carlos Pérez B., pbro.

 

Celebrar la navidad, la auténtica navidad de Jesús, es hacer un acto de fe, un profundo acto de fe. ¿Por qué? Porque es creer que el Hijo de Dios tomó un cuerpo como el nuestro, se encarnó, asumió nuestra condición humana y todas sus circunstancias. Es creer en el Padre, porque por su amor envió a su Hijo a este mundo. Jesucristo mismo se lo decía a Nicodemo: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3,16). Es creer en el Espíritu Santo que con su poder engendró en el vientre de María al Niño Jesús. Y así como la Virgen, nosotros lo creemos desde ese mismo instante; no nos esperamos las 12 semanas o los 9 meses para creerlo. Hoy celebramos su Encarnación, es decir, su concepción, su nacimiento y toda su vida encarnada en las realidades de nuestro mundo hasta llegar a la cruz, la entrega gloriosa de ese Cuerpo que asumió tan amorosamente.

Celebrar la navidad es creer que la vida que vivió con intensidad nuestro señor Jesucristo es el camino de la salvación de esta humanidad: la pobreza, su vida entre los pobres, la obediencia absoluta a Dios Padre, la caridad como primacía sobre cualquier otra religiosidad, la entrega de la propia persona y todo lo que él nos enseña de palabra y de obra en los santos evangelios.

La cosa comenzó en una aldea de pobres llamada Nazaret. Ahí fue enviado el ángel Gabriel, a una jovencita humilde y sencilla, transparente y pura, la virgen María. A ella, no a alguna mujer distinguida de la alta sociedad o de la realeza judía o romana, escogió Dios para ser la madre de su Hijo, el Salvador de esta humanidad. A los nueve meses contemplamos y celebramos su nacimiento. A nosotros nos llena de gozo esta criatura tan tierna que contemplamos en nuestros ‘nacimientos’. Sin embargo, las cosas no fueron tan tiernas para el nacimiento del Salvador. Como lo hemos escuchado en el evangelio de san Lucas, por un censo decretado por el imperio romano, Jesucristo tuvo que nacer fuera de casa, en un portal de Belén, seguramente en un establito que alguna familia tendría por ahí para la vaca de la ordeña y para el burro que usaban para salir al campo. El Niño Jesús fue recostado en el pesebre, ese artefacto o utensilio que se usaba para ponerle alimento a los animales. ¿No hubo casa que acogiera al Hijo de Dios encarnado? ¿No hubo una cuna o camita para recostarlo? Pues escuchamos en el evangelio que no se encontró posada para estos peregrinos de Nazaret. Luego, esta pareja se convertiría, según san Mateo, en verdaderos migrantes en el extranjero, al tener que huir, como sucede hoy día, por causa de la inseguridad y la violencia en su propio país, al país de Egipto, pues la vida del Niño corría peligro, y desde luego, no era éste el momento de su muerte. Finalmente regresarían a Nazaret donde crecería como un pobre galileo, como un judío marginal… ¿como un príncipe? No. Como el hijo del carpintero.

No sólo celebremos la navidad entre lucecitas de colores, con comidas suculentas, con música navideña. Preguntémonos por qué se dieron las cosas así. ¿Fue casualidad o fue con todo propósito de parte de Dios Padre? Sabemos que estos son los caminos de Dios. Al asumir nuestra humanidad, Jesucristo se sometió a los mejores sentimientos de los hombres y a las peores pasiones. Sufrió la violencia y el odio, se hizo víctima del poder y del egoísmo, pero también con su Cuerpo dio y recibió el cariño de los pobres y se hizo solidario en sus necesidades, en sus sufrimientos. ¿Este es el camino de la salvación? Así es. El Hijo de Dios no quiso otorgarnos la salvación por la vía del poder y el honor humanos sino desde el despojo de sí mismo, desde la debilidad, para que aparezca con nitidez que el poder es de Dios y no de los hombres (ver 2 Corintios 4,7).

Acercarnos al pesebre, ya sea el de la comunidad eclesial o el de la familia, para contemplar y adorar a Dios, es acoger la gracia de su salvación. Vivámoslo así con todo nuestro ser. El día que los seres humanos abramos nuestro corazón y nuestra vida a este Camino de Dios, el día que entremos con toda nuestra vida en él, ese día estaremos gozando de su salvación… pero nos aferramos a nuestro ego, a nuestros intereses y proyectos, y eso es la perdición de esta humanidad. Quienes se han dejado atrapar por este misterio del abajamiento del Hijo, también esto lo creemos con firmeza, ya gozan de manera presente de la salvación de Dios, y son salvación, con el Hijo, para todo este mundo. Esos son los santos, esos son las cristianas y cristianos en verdad, hoy día, caminando hacia la plenitud de la salvación de Dios.

 


 

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