Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





(La finalidad de estos comentarios es mover a todo mundo a estudiar a nuestro Señor Jesucristo en los santos evangelios. Conocer a Jesucristo lo es todo, decía el p. Chevrier. Así es que nos leemos y nos escuchamos unos a otros).

 

EL AMOR A LOS ENEMIGOS ES SALUD Y SALVACIÓN

Domingo 20 de febrero de 2022, 7° ordinario - C

Lucas 6,27-38.

Carlos Pérez B., pbro.

 

Si las bienaventuranzas y las malaventuranzas que escuchamos en el evangelio del domingo pasado nos dejaron sorprendidos, nuestra sorpresa es aún mayor al escuchar la enseñanza de ahora. No hay alguna conducta o actitud más contraria a los procederes de este mundo que el amor a los enemigos, el buscar hacer el bien a quienes nos hacen el mal. El mismo nuestro Señor Jesucristo lo pone de relieve: "si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman”.

Mientras que algunos católicos quisieran que nuestra religión fuera algo sumamente ordinario como toda nuestra vida cotidiana, el Maestro nos aclara que él quiere que sus discípulos seamos extraordinarios, así, con esa palabra.

Aquí, en este sermón del llano, equivalente al sermón de la montaña de Mateo 5-7, aunque más breve, nos pone las cosas al extremo. Jesucristo pasa a detalles para que no nos quedemos en el aire, en la fantasía o en las meras buenas intenciones, sin pasar a la práctica concreta. Escuchamos ahora aquella sentencia tan conocida que ha pasado a ser patrimonio de nuestra sociedad: "Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames”.

Sin intención de suavizar, y mucho menos de modificar la radicalidad de la enseñanza de nuestro Señor, se antoja hacer alguna precisión a fin de no desviarnos hacia una religiosidad o pretendida espiritualidad que no esté acorde con el Evangelio, sino al contrario, tomar éste de una manera integral, en sintonía con todo el conjunto, con toda la persona de Jesucristo.

¿Nuestro Señor nos está proponiendo un modelo de cristiano y de cristianismo masoquista, dejado, blandón como la plastilina? Algo así como ‘dejen que los malvados hagan lo que quieran, que acaben con los buenos’. Una mentalidad así no estaría acorde con el plan de salvación de Dios Padre, que no quiere la muerte del pecador (ver Ezequiel 18,23) ni tampoco del inocente. Dios quiere la vida, la salvación de todos. Un cristianismo de dejadez no construye su santo reino. ¡Imagínense! Los dictadores del poder seguirían abusando del pueblo, y la Iglesia le pediría al pueblo que no se rebelen, que acepten con resignación las políticas de ellos; lo mismo sería con los ladrones, los pederastas, los violadores, los delincuentes de cuello blanco. La injusticia encontraría en los cristianos su mejor apoyo, como se pensaba en tiempos antiguos. ¿Así fue Jesucristo? Claro que no. Él fue enérgico, claridoso con todos, íntegro: con los escribas y fariseos, con los sumos sacerdotes, con Anás y Caifás, con Pilato y Herodes, hasta con el pueblo y con sus propios discípulos. Violento, de ninguna manera. El único comportamiento que nos pueda parecer violento fue cuando se enfrentó con la estructura cultualista, legalista y excluyente centrada en el templo de Jerusalén, expulsando a todos los vendedores. El evangelista san Juan es el que nos lo presenta con un látigo en la mano, pero estamos seguros que no lo usó con las personas, sino posiblemente con los animales que éstos vendían. Y es este mismo evangelista el que nos platica que cuando un soldado le dio una bofetada, Jesucristo, en vez de poner la otra mejilla, le reclamó: "¿por qué me pegas?” (ver Juan 18,23). Lo cierto es que no regresó esa bofetada.

Jesucristo se hizo víctima de los peores sentimientos de los hombres, pero eso mismo es ya un ‘golpe’, no sólo contra los malvados de la sociedad, sino también contra las personas más religiosas de su tiempo, al dejar al descubierto sus corazones. Desde que apareció en Galilea, su proclama del reino de Dios empezaba con un llamado a la conversión, un llamado que brotaba de su corazón amoroso por todos los seres humanos. No podemos decir que Jesucristo fue un irresponsable al dejar que le hicieran todo lo que quisieran. Todo lo contrario, puso en evidencia que el odio, el egoísmo, el materialismo, la idolatría del poder, del dinero, del honor propio, son los males que acaban con la vida y la felicidad de los seres humanos.

¿Dónde queda pues la radicalidad del amor a los enemigos? En que el cristiano ha de hacer todo por amor, no por odio, Al contrario de la mentalidad del antiguo testamento ("¿No odio, Yahveh, a quienes te odian? ¿No me asquean los que se alzan contra ti? Con odio colmado los odio, son para mí enemigos”, leemos en el salmo 139,21). Jesucristo entregó su vida en la cruz para ser vida y salvación para todos. Pero esto pasa por la conversión. Así ha de vivir toda cristiana, todo cristiano su fe en Jesús. Con toda creatividad evangélica, con energía pero con amor, hemos de buscar que los hombres dejen de abusar de las mujeres, los adultos de los niños, los poderosos de los pobres, los clérigos de los laicos, etc.

Pero no somos iguales a la sociedad. Esta sociedad, por poner un ejemplo de muchos, quisiera ajusticiar a los eclesiásticos, por actos de pederastia, de misoginia, de abuso de poder. Nosotros, a tono con el discurso de Jesús, sí pedimos claridad en todas nuestras malas movidas, tanto las de la Iglesia como de la misma sociedad. Pero no deseamos la muerte de nadie. Quizá el castigo, la cárcel, las cosas sacadas a la luz, sean un buen correctivo personal y social, pero no nos dejamos llevar por el odio sino por el amor, como el Maestro, que crucificado expresaba en su oración: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lucas 23,34).

Entrando en el corazón de Jesucristo, podemos decir categóricamente que llegar a perdonar de corazón a los victimarios, aunque éstos permanezcan en la cárcel, será definitivamente el mejor acto de salud y de salvación para las mismas víctimas. ¿No lo creen ustedes?

 

 


 

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