Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





(La finalidad de estos comentarios es motivar a todo mundo a estudiar a nuestro Señor Jesucristo en los santos evangelios. Conocer a Jesucristo lo es todo, decía el p. Chevrier. El conocimiento de Jesucristo hace al sacerdote, y a todo cristiano. Así es que nos leemos y nos escuchamos unos a otros).

 

ESCUCHAR OBEDIENTEMENTE AL MAESTRO

Domingo 27 de febrero de 2022, 8° ordinario - C

Lucas 6,39-45.

Carlos Pérez B., pbro.

 

Continuamos con el sermón del llano que empezó con las bienaventuranzas y malaventuranzas, continuó con el amor a los enemigos y ahora el Maestro nos hace unos tres o cuatro llamados más. Nos situamos ante él con corazón de discípulos: ‘habla, Señor, tu eres mi Señor y mi Maestro. Yo quiero escuchar tu Palabra y ponerla en práctica’.

Quisiera comentar uno a uno estos llamados. Primero nos dice Jesús: "¿puede acaso un ciego guiar a otro ciego?” Jesucristo quiere que sus discípulos seamos personas de ojos abiertos, es más, de mirada profunda, amplia e incluyente como la de él. Él no quiere fanáticos, gente que se ciega y se deja ir detrás de una idea fija sin más ni más. Por eso en los evangelios encontramos más bien ciegos que han sido curados, y no al revés. Las personas que cierran los ojos, aunque sean muy religiosas, no pueden ser guías en el camino de la salvación de Jesucristo. Y lo primero que te digo y lo primero que haces. Cómo hay en nuestra Iglesia católica, en la jerarquía y en el laicado, personas que cierran los ojos a la realidad y se fanatizan por una idea, tradición, sentimiento, y no están (estamos) dispuestos a cambiar.

"¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo?” Esta frase de nuestro Señor ya es patrimonio de la humanidad: cuántos comentaristas, intelectuales, medios de comunicación la usan. Todos deberíamos traer un espejito en la bolsa, como lo hacen las muchachas, para estarse viendo y retocando a cada rato, pero nosotros para estarnos viendo a nosotros mismos y no sólo a nuestros prójimos. Generalmente todo lo que vemos y criticamos en los demás lo tenemos también nosotros. Con humildad nosotros debemos vivir este evangelio y así enseñárselo a nuestro mundo.

Esta enseñanza de Jesús no significa que no nos hemos de corregir unos a otros. La corrección fraterna está vigente, porque también es una enseñanza y un mandato de nuestro Señor. Lo leemos en Lucas 17,3: "Si tu hermano peca, repréndele”. Pero nunca la debemos practicar sin mirarnos a nosotros mismos.

"El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón”. Algo parecido lo escuchamos en la primera lectura.

Las conversaciones en privado (no en público, porque ahí cuidamos las apariencias y nos abstenemos de muchos comentarios) son las que revelan lo que hay en nuestro interior. Si alguien trae el futbol en su corazón, de eso habla su boca. Si una persona habla mucho de los vestidos y las modas, eso trae en su corazón. Hay quienes se la pasan hablando de dinero, de lujos, de autos, de compras, etc. En público, en la política, en el ambiente de Iglesia, puede ser que nos moderemos un poco y tratemos de presentar una cara distinta, como que nos interesan mucho los derechos humanos, la justicia, los sacramentos, el bienestar de los demás, la caridad, etc. A muchas personas que se acercan para tramitar su matrimonio, o un bautismo, quinceañera y demás, uno como sacerdote se da cuenta que lo que traen en el corazón es la fiesta, porque a esos preparativos van a dedicar mucho tiempo, y tristemente al sacramento no le ponen la misma atención.

En estos tiempos de destapes de escándalos de nuestra Iglesia, la realidad de nuestra miseria interior nos ha obligado a aceptar que no le pusimos la debida atención a las víctimas sino que nuestro corazón estaba puesto en nuestra imagen eclesiástica.

¿Estoy criticando? Sí. Por eso conviene que también los eclesiásticos revisemos las entrañas de nuestro corazón. No es lo mismo lo que decimos en la homilía que las ilusiones que traemos en el corazón. ¿De qué hablamos los sacerdotes en nuestros corrillos?

El evangelio de este domingo no se extiende hasta la conclusión maravillosa del sermón del llano (que también en san Mateo concluye así el sermón de la montaña), siendo que es muy importante lo que Jesús nos enseña. Por eso también me permito comentarlo un poco: "¿Por qué me llaman: ‘Señor, Señor", y no hacen lo que digo?’ Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica…  es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca”.

¿Qué significa esto? Que las alabanzas y el culto dirigidos a Jesús no son más importantes que la obediencia a sus enseñanzas. Nuestra religión consiste en escuchar al Maestro con un corazón obediente: ‘Oh Cristo, oh Verbo, tú eres mi Señor y mi Maestro, habla, yo quiero escucharte y poner tu Palabra en práctica’.

 

 


 

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