Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





ESCUCHAR A JESÚS HACE AL DISCÍPULO

Domingo 3° ordinario, 25 de enero de 2026

Isaías 8,23 al 9,3; 1 Corintios 1,10-13 y 17; Mateo 4,12-23.

 

Mateo 4,12-23.-

Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías:

Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar; al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: "Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”.

Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: "Síganme y los haré pescadores de hombres”. Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.

Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.

Un comentario. -

Muy oportuna nos resulta la segunda lectura en este cierre del octavario por la unidad de los cristianos. La división de los que creemos en Cristo se ha vivido desde los primeros discípulos de Jesús que entraban en conflicto porque unos querían ser más que los otros (ver Marcos 9,34); también en tiempos de San Pablo, cuando la Iglesia estaba nueva, después del baño del Espíritu Santo, como lo atestigua el apóstol en esta carta a los corintios. Repito sus palabras de denuncia: "¿Acaso Cristo está dividido?” No se diga en el siglo XI cuando oriente y occidente tomaron cada quien su camino rompiendo la comunión; y después en el siglo XVI, a partir de Lutero, sin afirmar que él y sus sucesores fueron los únicos culpables y que la Iglesia no tuvo nada que ver. La división la traemos en el corazón, por eso le pedimos a Dios la gracia de la unidad que sólo puede venir si nos abrimos al Espíritu Santo, como sucedió cuando Antioquía y Jerusalén entraron en conflicto (ver Hechos 15).

 

El presente año litúrgico estamos leyendo los domingos, preferentemente pasajes del evangelio según san Mateo. De los 52 domingos de este año litúrgico, leeremos 40 a san Mateo. Les pregunto: ¿Ya le hemos dado una leída a este evangelio completo? ¿Cuántos capítulos tiene este evangelio?

Este domingo de la Palabra nos brinda la oportunidad de colocar la Palabra de Dios, la Palabra de nuestro Maestro Jesús, el Hijo eterno, en su justo lugar en nuestra vida cristiana personal y colectiva, y en nuestra vida de Iglesia. Recorramos esas páginas sagradas de los santos evangelios (y posteriormente del resto de la Sagrada Escritura), para encontrarnos ahí con Jesucristo, un Maestro que nos habla, que nos enseña, que nos enseña a vivir como Dios quiere, para entrar en sus caminos de salvación, de la salvación de todo nuestro mundo. Jesucristo no es una imagen o imaginación inerte, estática, muda. De ninguna manera. Él es una persona viviente, activa, que continúa hablando, llenándonos de su amor, de su gracia, su misericordia, su perdón, todo eso que nos viene del Padre por el Espíritu.  Hoy contemplamos a Jesús, no como un hombre encerrado en su religiosidad rígida, estrecha, sino como un enviado a iluminar al mundo que vive en tinieblas y sombras de muerte.

Leer los santos evangelios no es una práctica devocionista, sino el fundamento de toda nuestra vida de fe, es propiamente nuestra religión cristiana. Ahí Jesús nos forma como verdaderos cristianos, discípulos misioneros suyos. Ahí Jesús nos comunica y se comunica a sí mismo como la Buena Noticia del reino de Dios, el reino de Dios que es la salvación de todo nuestro mundo. Qué mejor ejemplo de esto es la lectura evangélica que hemos escuchado hoy: "Conviértanse, porque el Reino de los cielos ha llegado”. No son unas letras que meramente leemos, sino que es la mismísima voz del Hijo de Dios que nos pide convertirnos, cambiar profundamente nuestra mente, nuestro corazón, nuestra vida, nuestro entorno, nuestro mundo. La salvación o el reino de Dios, el mundo nuevo que Dios quiere para nosotros, no llega por un acto de magia, sino porque nosotros estamos dispuestos a entrar de cuerpo entero en los planes de Dios revelados en su Hijo eterno. No seamos católicos cada quien a su manera; no seamos Iglesia como a nosotros nos da la gana; no seamos mundo siguiendo nuestros propios gustos, intereses, apetencias, instintos, inclinaciones. Seamos como Jesucristo quiere que seamos, eso es la salvación de Dios. Seamos como contemplamos a Jesús en los evangelios.

Escuchar al Maestro es lo que hicieron aquellos primeros discípulos: "Síganme y los haré pescadores de hombres. Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. Y así, página tras página, nos narran los evangelistas que Jesucristo fue dándoles forma a sus discípulos. Jesucristo, de inicio, no los mandó a rezar, a portarse bien, como nosotros muchas veces traducimos a nuestra vida. No. Él les pidió que lo siguieran. Dejemos que nuestro Maestro continúe haciendo su tarea tan propia de él: formar a sus discípulos. Pero es necesario que entremos en esas páginas sagradas para escucharlo y contemplarlo.

El beato Antonio Chevrier nos enseñó, a su familia espiritual, a repetirnos con humildad e insistencia: "¡Oh Cristo, oh Verbo! Tú eres mi Señor y mi solo y único Maestro. Habla, yo quiero escucharte y poner tu Palabra en práctica. Quiero escuchar tu divina Palabra porque sé que viene del cielo. Quiero escucharla, meditarla, ponerla en práctica, porque en tu Palabra está la vida, la alegría, la paz y la felicidad.  Habla, Señor, tú eres mi Señor y mi Maestro y no quiero escucharte sino a ti”.

 

Su hermano: Carlos Pérez B., Pbro.


 

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