Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
EL SÍNODO DIOCESANO
 
Una de las primeras medidas que tomó JFA como arzobispo fue la de convocar a la diócesis a un Sínodo Diocesano. Poco a poco iríamos viendo que tal sínodo no era sino una medida de distracción para llenar el vacío de ideas e iniciativas pastorales que traía el nuevo arzobispo. Una medida de distracción, porque nos puso a trabajar a toda la diócesis, pero sin que él participara ni aportara prácticamente nada: ni un marco teórico, es decir sin ofrecer primero una visión clara de la Iglesia para tenerla como referencia en la realización del sínodo, ni una visión clara de lo que es una diócesis, de sus líneas fundamentales de pastoral, de la teología del laicado, ni un objetivo. Nada. Las cosas irían saliendo solas, según él. El sínodo le permitía, sin embargo, aparecer ante la Santa Sede como un obispo que estaba haciendo algo muy importante. Por eso procuró alargar la realización del sínodo lo más posible, hasta que ya la diócesis, y el tema mismo del sínodo, quedaron agotados. El sínodo duró ocho largos años: del 24 de noviembre de 1991 al 8 de enero del año 2000 (fecha de publicación del Decreto Sinodal). Revisando los resultados del sínodo, se ve que el trabajo pudo hacerse máximo en un año o dos.
 
La irregularidad estuvo presente desde el inicio mismo del sínodo. Anunció el sínodo en la Basílica de Guadalupe, en México, en julio de 1991, durante la peregrinación anual de la arquidiócesis. Al parecer "se lo sacó de la manga”, sin haberlo comentado o consultado con nadie, cuando el Código de Derecho Canónico, en el canon 461 dice: "En cada Iglesia particular debe celebrarse el sínodo diocesano cuando lo aconsejen las circunstancias, a juicio del obispo de la diócesis, después de oír al consejo presbiteral”. En reunión general del clero se le hizo ver que había cometido esa falta contra la legislación de la Iglesia. Un error canónico en un obispo puede venir de la ignorancia, o bien, de la mala costumbre de disponer las cosas como si gozara de una autoridad absoluta. El obispo no fue capaz de reconocer, delante de los presbíteros, que había cometido una falta contra las disposiciones de la Iglesia, a las cuales él también se tiene que someter con filial obediencia. Además, al momento de hacer la convocación no existía el Consejo Presbiteral, porque éste había quedado disuelto al momento de cambiar de obispo diocesano, pero JFA no tenía interés en formar el nuevo consejo. Le dio largas todo un año, hasta cumplirse el plazo que el derecho canónico da para ello. Esto nos manifiesta que en un año no necesitó de la ayuda de sus presbíteros constituidos en Consejo; un signo más de mentalidad: él puede obrar solo, a los demás los necesita solamente para obedecer. Finalmente, unos veinte meses después, cuando todos creíamos que se le había olvidado la idea del sínodo, de una manera sorpresiva ordenó el inicio de sus trabajos.
 
Luego, en lugar de permitir que el sínodo tratara los diversos temas de la pastoral que urgían más en la diócesis, o que había que clarificar para poder marchar unidos como pueblo de Dios, manipuló la elección del tema, mediante una "consulta” para que se escogiera un tema muy "tranquilo”, que no ofrecía ningún peligro de confrontación o de análisis conflictivo de la realidad: Los Sacramentos. ¡Ocho largos años para estudiar los sacramentos y la forma de administrarlos en la diócesis! De hecho, aparte de ser la administración de los sacramentos la actividad habitual de las parroquias, muchos de los aspectos estudiados por el sínodo ya se habían estudiado en los años próximo pasados en Chihuahua, con excelentes conclusiones teóricas y prácticas. Pero nada de eso se mencionó ni se tomó en cuenta. Se quiso partir de cero como si antes no hubiera habido nada.
 
Insertamos a continuación un estudio canónico sobre el Sínodo de Chihuahua, elaborado por un sacerdote de esta arquidiócesis cuando el sínodo iba ya en la 3ª asamblea:
 
"INTRODUCCIÓN. En el CIC de 1917, la estructura interna de la Iglesia particular era verticalista y jerárquica, es decir, a partir de la potestad del Obispo Diocesano. El Concilio Vaticano II promovió una profunda renovación en la estructura de la Iglesia particular mediante la previsión de nuevas instituciones diocesanas (consejo presbiteral, consejo de pastoral, vicario pastoral; cfr. P.O. 7; C.D. 27) inspiradas por las nuevas circunstancias tributarias, todas ellas, y en relación a la nueva doctrina conciliar
Esta nueva Eclesiología acentúa y propone la comunión y la corresponsabilidad afirmando también la igualdad fundamental de todos los miembros (del Pueblo de Dios) en virtud de la regeneración bautismal; igualdad en cuanto a la dignidad y acción para cooperar en la edificación del Cuerpo de Cristo, cada uno, según su propia condición y oficio (L.G. 32; CIC 208)
EN CUANTO A LOS PRESBÍTEROS. Las debidas instituciones diocesanas han de facilitar la cooperación estable de los Presbíteros como consejeros del Obispo en el gobierno y dirección de la Iglesia particular (cfr. P.O. 7; CIC c. 384).
CONVOCACIÓN DEL SÍNODO DIOCESANO. Luego de hacerla pública en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, pero no bajo criterio de formalidad jurídica (es decir, sin decreto, y sin comentarlo debidamente entre su clero). Algunos sacerdotes manifestaron su inconformidad (por cierto no escuchada). Esta convocatoria fue calificada entonces de prematura, anti-democrática y anti-jurídica porque no se cumplía con las exigencias del CIC, c. 461, párr 2; y sin la iluminación del c. 127 párr 2, 2º; en que le piden al Obispo prudencia en la estimación de las circunstancias (nada propias entonces) pastoral y eclesialmente. Sobre todo, por la ausencia del requisito para la validez del acto: ‘audito Consilio presbyterali’. Es obvio, a tenor de este canon, que el Obispo está obligado a oír al consejo presbiteral, so pena de invalidez del acto; aunque no obligado a seguir su parecer, pero sí prudencialmente buscando no apartarse de dicho parecer sin un motivo que prevalezca sobre lo aducido en el consejo presbiteral, tal como lo sugiere el propio canon citado.
En la actualidad, luego de las III Asambleas Diocesanas sinodales (sin directrices sugeridas con formalidad de línea pastoral, sin convocación efectiva y afectiva de agentes y asambleas ágiles, ESTE SÍNODO NO HA ALCANZADO LA FINALIDAD (bajo un tiempo determinado) Y LOS FRUTOS ESPERADOS.
El bien verdadero de toda la diócesis. Contrario a esto, está causando desencanto, desilusión, pesimismo, apatía (si bien es cierto que los presbíteros colaboramos pero "obligacionistamente”), y una muy sentida división; protestas a nivel laical y entre los mismos presbíteros. Y lo más evidente, que no está realizando la ESENCIAL Y TAN PUBLICITADA ‘COMUNIO’ efectiva”.
 
El sentir de muchos laicos respecto al sínodo de JFA se expresa en la carta que le entregaron algunos de ellos al nuncio Mons. Giuseppe Bertello, el día 19 de junio del 2001, durante su visita que hizo a Chihuahua, carta que reproducimos completa en el capítulo Su actitud con los laicos. Sobre este tema dicen:
 
"¿A qué nos tuvo 8 años en Sínodo, caminando juntos, pero no unidos, y no sacando nada en claro porque el Decreto Sinodal, elaborado por él, todo no ha sido novedad, puesto que lo escrito ahí está todo en el Derecho Canónico; mejor nos hubiera puesto a estudiar el Derecho y punto”.
 
Más explícita es otra seglar que nos ha dado por escrito su testimonio, el cual se puede ver completo en el capítulo Su actitud con los laicos.
 
"Nos convocó a un Sínodo 8 años. Al principio yo creí que eso sería la solución para poder verdaderamente unir criterios. Pertenecía a la Comisión de Espiritualidad (del Sínodo), pero cuanto más pasaba el tiempo comprendí que no servía de nada porque se había realizado con otro propósito. Así como las autoridades de México entretienen a los mexicanos con el foot ball para que no se acuerden de las injusticias y el hambre, así a nosotros, a nivel Iglesia, nos quería entretener con el Sínodo, buscando seguir "la pastoral” de nuestra diócesis y esto sólo eran intereses con un fin muy distinto a los que pensamos, todo para su provecho”.
 
Otro laico expresó también en 1997 su opinión adversa sobre el sínodo, en una carta a la dirección de un periódico local, que se publicó con el significativo título de Sínodo: ¿caminar juntos?:
 
Por medio de la presente, a través de este medio de comunicación, quisiera manifestar mi descontento con respecto al Sínodo que se está realizando en Chihuahua desde hace unos años. No pretendo causar malestar ni ofender a nadie en la Iglesia de Chihuahua, y presento mis respetos al señor Arzobispo, a los sacerdotes y laicos de la diócesis.
He presenciado una serie de acontecimientos dentro de la vida de la Iglesia en estos últimos años, desde que comenzó el llamado Sínodo, y he observado algunas discrepancias entre lo que significa el Sínodo y lo que realmente se está realizando en nuestra diócesis...”.
Y después de expresar su malestar por la forma en que, según él, habían sido tratadas algunas personas y actividades ligadas con la pastoral, el autor continúa:
"Mi pregunta es: ¿Caminar juntos? Realmente estas palabras suenan vacías y falaces, puesto que en la Iglesia de Chihuahua, al excluir a gente tan valiosa y, sobre todo, a la gente que necesita más de Dios, como son los jóvenes pandilleros de la ciudad, y al excluir a sacerdotes de gran trayectoria y con muchos frutos en su haber, y tan sólo por no estar de acuerdo con el régimen ortodoxo (sic, tal vez quiso decir rígido) que estableció el señor Arzobispo, y sobre todo el hermetismo que de ahí se deriva en la Iglesia”.
 
 
 
 

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