Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 

Dios Creo todas las Cosas, Tambien el Mal? como Surgio el Mal en el Mundo?
 
No se quede con la duda
 
PREGUNTA:
 
Dios creó todas las cosas. ¿También creó el mal? ¿Cómo surgió el mal en el mundo?
 
RESPUESTA:
 
La existencia del mal en el mundo ha sido siempre para muchos un obstáculo para creer en Dios. Es bien conocido el dilema que se plantea: Si Dios no puede impedir el mal, entonces no es todo poderoso; si puede pero no quiere impedirlo, entonces no es infinitamente bueno. Por tanto no es Dios. Dios no existe. Dios creo todas las cosas. Efectivamente, Dios es el creador de todo lo que existe.
 
Todo lo creó a imagen de su esencia divina, solo que su esencia divina es infinita en toda perfección y la de las criaturas es finita, pero esa finitud no significa un mal, es simplemente una perfección propia de su ser de criatura.
 
¿También creó el mal? No. Dios, que es infinitamente bueno, sabio y poderoso, no creo nada mal: "Y vio Dios que era bueno” Gn 1, 10. Todo lo que Dios hace es bueno. Por ejemplo, Dios no nos creó para morir: "Dios creó al hombre para la inmortalidad, y lo hizo a imagen de su propio ser” (Sab 2, 23), "Dios no hizo la muerte, ni se complace en el exterminio de los vivos. Él lo creó todo para que subsistiera, y las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte” (Sab 1, 13-14).
 
Pero ¿Qué es el mal? El mal en sí mismo no existe. Es la privación de un bien debido a un sujeto. Siendo una privación, el mal no tiene una entidad autónoma, sino que es una carencia que padece algo que de suyo es bueno. No podemos, por tanto hablar de dos principios absolutos: el Bien y el Mal, o un dios bueno y un dios malo, propios de las religiones dualistas (zoroastrismo, mazdeísmo, maniqueísmo, etc.).
 
Entonces, lo que vemos como mal es que las cosas y las personas no son lo que deberían ser, no funcionan o actúan como deberían hacerlo. De ahí viene también el sufrimiento inferido al hombre (y a los animales) por esa razón. De ahí viene el dolor físico y moral, las enfermedades y la muerte. De ahí viene el deterioro de la naturaleza. Hay el mal físico y el mal moral, pero hay una estrecha relación entre ambos: del mal moral (el pecado) proviene el mal físico.
 
¿Cómo surgió el mal en el mundo? El mal, o sea el que una persona que debe ser buena no lo sea, es fruto del pecado. El pecado es una decisión, libre pero equivocada, del hombre.
 
Dios creó todas las cosas para el hombre y al hombre lo creó para compartir con Él su felicidad infinita en una perfecta comunión de amor. Lo hizo a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-27).
 
Para que el amor del hombre a Dios fuera verdadero tenía que ser libre. Por eso Dios creó al hombre libre. Con esa libertad el hombre podía responder que sí a Dios, pero también podía responder que no. Y el hombre respondió que no, que no lo reconocía como Dios, que no lo amaría, que no haría como suya propia la voluntad de Dios acerca del bien y el mal. El hombre se quiso hacer un dios (en realidad a eso estaba llamado), pero a espaldas de Dios. Entonces el hombre siguió su propio camino en la vida haciendo las cosas según su propio capricho y no según la voluntad de Dios.
 
Tomó como bueno lo que era malo y como malo lo que era bueno. Véase el relato simbólico, pero profundo y verdadero, del origen del pecado en Gn 3, 1-7. El Génesis también, de una manera impresionante, nos habla de las consecuencias inmediatas que el pecado tuvo en la vida de los hombres: desamor entre el hombre y la mujer (3, 12; 4, 19), violencia asesina entre hermanos (4, 8), venganza incontrolada (4, 23-24), etc.
 
En una palabra, sufrimiento y más sufrimiento. Desde entonces el mal (moral) creció en el mundo como una inundación de aguas negras destruyendo o deteriorando la vida de los hombres y a la misma naturaleza, que al igual que el hombre clama por su liberación (cf. Rom 8, 22-23). La solución hubiera sido quitarle al hombre la libertad. Todos seríamos buenos a fuerza, pero no seríamos ya hombres. En lugar de eso, Dios nos envió a su hijo para que nos restableciera en la verdadera libertad. Para liberar al hombre del pecado y de la muerte, Dios le prometió un Salvador, que sería su Hijo Jesucristo. Preparó su venida con un pueblo al que formó y educó para que por medio de sus mandamientos fuera feliz, pero siempre respetando su libertad:
 
"Mira, hoy pongo ante ti VIDA Y FELICIDAD, MUERTE Y DESGRACIA. Si escuchas los mandamientos de Dios que yo te prescribo hoy, amando al Señor tu Dios, siguiendo sus caminos y observando sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, vivirás y serás fecundo, y el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra a la que vas a entrar para tomar posesión de ella (la felicidad prometida por Dios incluía, por tanto, esta vida temporal). Pero si tu corazón se desvía, si no escucha, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les das culto, yo declaro hoy que ustedes, morirán irremediablemente” (Dt 30, 15-18).
 
Aquí se ve que los mandamientos de Dios, que no son más que expresión se su infinita bondad y sabiduría, son el camino de la felicidad para el hombre. Para entenderlo mejor, imaginemos una sociedad en la que nadie hiciera el mal al prójimo y sólo estuviera animado de una firme benevolencia hacia los demás.
 
En ese mundo las puertas no necesitarían cerraduras, menos rejas, podíamos dejar la bicicleta recargada en la puerta de la casa, por fuera, y ahí amanecería, no se necesitaría firmar recibos, nadie tiraría basura en la calle, nadie contaminaría el ambiente, etc., etc.
 
Muchos males que el hombre padece provienen del mismo hombre: el hambre, la guerra, el frío y muchas enfermedades hoy en día curables, son responsabilidad humana, de modo que sería una hipocresía apelar a ellas para clamar al cielo. Iba un filósofo pensando en el mal que hay en el mundo, en tantos inocentes masacrados en la guerra, en tantas víctimas del hambre, etc., y comenzó a gritarle a Dios:
 
"¿Por qué, Señor, porqué permites esto?” Pero entonces se dio cuenta que el que se lo estaba gritando a él era Dios, y Él sí con toda razón. ¿Qué hemos hecho nosotros de este mundo tan bello creado por Dios? ¿Y por qué acusamos a Dios de lo que nosotros mismos hemos hecho? ¿No será una postura muy cómoda pasarle a Él nuestra responsabilidad? ¿Puede Él hacer más de lo que ya hizo en Jesucristo: cancelar la nota de cargo que pesaba sobre nosotros y hacernos nuevas criaturas a un precio tan elevado como su propia sangre? (ver Col 2, 13-14; Rom 6, 4; 2Co 5, 17; 1Co 6, 20; 1Pe 1, 18-19).
 
Pero, ¿y los males en los que aparentemente el hombre no tiene responsabilidad? ¿Las sequías, los terremotos, las enfermedades como el cáncer, etc.? No podríamos pensar que aun esos males son resultado de millones y millones de actos de irresponsabilidad que hemos cometidos los hombres durante miles de generaciones? ¿Si perteneciéramos a una humanidad más limpia y solidaria, ¿no habríamos descubierto ya la forma de evitar o vencer tantos males como esos? La naturaleza misma está enferma por causa del hombre y luego se revierte contra el mismo hombre, como dice san Pablo (ver Rom 8, 19-22).
 
Desde luego que el tema no está agotado con esta respuesta. Podríamos, entre otras cosas, sacan muchas consecuencias para nuestra vida espiritual de la presencia del mal en nuestras vidas, como nos lo enseña el Señor al abrazar la cruz por amor a nosotros. Sólo en el Cristianismo se puede decir con verdad: "No hay mal que por bien no venga”. Respondió: Pbro. Dizán Vázquez PD: Como complemento a esta respuesta, incluimos esta interesante anécdota atribuida al joven Alberto Einstein: Dios y el mal
 

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