Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
Fe en Dios y Construcción de la Historia
 
Dios se ha revelado en Jesucristo (cf Jn 1,14-1 8; Heb 1,1), y que esa revelación responde a un acto de amor. A ese acto amoroso de revelación corresponde a una respuesta libre de parte nuestra: «Nos toca comunicar ese amor en la historia, en nuestras sociedades, en nuestro mundo».
 
Sólo así — citando a González Faus—, el amor al hermano dejará de ser un mandamiento moral para convertirse en una experiencia teologal, que es la experiencia fundamental del cristianismo. Esa experiencia teologal, esa respuesta de amor que se da libremente en la vida del hombre es lo que llamamos fe. La fe no es en realidad un conjunto de contenidos entendidos o, por lo menos, memorizados que pueden recitarse como nuestros estudiantes de primaria recitarían las tablas de multiplicar. La auténtica profesión de fe no es, como se diría, «de dientes para fuera», sino que es la respuesta libre que el hombre hace con su vida entera al ser interpelado por el amor de Dios. Por eso, por esta última implicación, me permití usar un afortunado título de una de las obras de González Faus, porque con él se expresa excelentemente.
 
Fe en un Dios que está en la historia
Desde el Antiguo Testamento, la fe caracteriza la relación del hombre con Dios. En las narraciones de la historia de salvación a partir de Abraham, en la súplica confiada de los salmos y en los profetas, la fe aparece principalmente como «confianza» en Dios y en su promesa, y se manifiesta como «fidelidad» y «obediencia» a sus mandatos. Quien tiene fe en Dios es porque confía en él, porque sabe que es refugio seguro, alcázar, roca sólida en la que uno puede desarrollar toda su existencia sin vacilación alguna (cf Sal 45; 61; 71). En el Nuevo Testamento este sentido se conservó fundamentalmente, pero se le agregaron también algunos elementos específicos: la fe del creyente neotestamentario viene polarizada por el acontecimiento de Jesucristo, por su vida, su misión mesiánica, su pasión, muerte y resurrección como momentos de la redención universal. Además de la confianza en las promesas de Dios, en lo que él hará en el futuro, para el creyente del Nuevo Testamento es también importante lo que ha acontecido en el pasado, lo que Dios ha cumplido, lo que obró ya en su Hijo.
 
El agregado, pues, a la confianza y fidelidad de la fe del Antiguo Testamento, seria —como se ve sobre todo en los escritos paulinos— la aceptación de que efectivamente. Jesucristo es Hijo de Dios, y de que su resurrección tiene un carácter salvífico universal. La fe, pues, resultaba ser una entrega fiel, confiada y sin reservas a un Dios que previamente se nos ha entregado, asintiendo que se ha hecho presente en la historia y nos ha salvado.
 
Pero ¿en qué consiste concretamente esta entrega fiel, confiada y sin reservas? Muy pronto, los cristianos se dieron cuenta de las implicaciones que conlleva el tener auténtica fe en Dios: después de una larga lista de ejemplos que muestran cómo «la fe es garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve» (Heb 11,1), el autor de la Carta a los Hebreos instaba a sus interlocutores: Para un cristiano, por tanto, tener fe —con todo lo que eso implica— es algo definitorio: resulta impensable que haya «cristianos sin fe» —aunque a veces, sobre todo actualmente, nos inventemos esa figura—. Recordemos que en la época antigua a los primeros seguidores de Cristo, incluso antes de que se les llamara «cristianos», se les designó con el nombre de «creyentes» (He 2,44).
 
Esas personas creían y sus obras aparecían ante los ojos de los demás, por eso los demás se daban cuenta de que tenían fe, de que eran capaces de «llegar hasta la sangre», y por eso los llamaban «creyentes». O la fe era, en todo sentido, vivida en la historia, o no era fe. Esto surgía del hecho de que esa reorientación de la totalidad de la vida en conformidad con la voluntad de Dios que la fe significa sola mente puede darse en la historia. Dios no sólo ha creado la historia y se ha interesado por ella, sino que hasta ha estado presente en ella misma, y por eso, la voluntad de Dios tiene incidencia en la historia. Así, si en la historia había algo contrario a la voluntad divina, si había pecado, el cristiano, que tenía fe en Dios, debía resistir la lucha contra esa situación histórica contraria a los designios de Dios incluso «hasta llegar a la sangre», es decir, en una entrega completa.
 
Fe en un Dios más allá del mercado
Desde hace algunas décadas, la historia ha estado configurada por las leyes del mercado. El mundo se presenta como un gran bazar, como una gran plaza comercial en donde no solamente se compra y vende, se ofrece y consume, sino que se compite para ello. Pero en esa competencia por vender, producir y consumir, sólo unos pocos logran ganar, conseguir recursos y satisfacer sus preferencias, mientras que la inmensa mayoría a veces ni siquiera puede entrar en la competencia, y menos logra conseguir lo suficiente que le permita sobrevivir y sacar adelante a sus familias.
 
En este contexto, los grandes medios de comunicación vienen a encarnar las voluntades de aquellos que dirigen los oligopolios, las trasnacionales, etcétera, pero no encarnan, de modo alguno, la voluntad de Dios. Es difícil pensar que Dios tenga algún lugar en esta historia mercantilista que esclaviza y corrompe, que desfigura y a veces destruye las dimensiones humana y personal de los individuos. Y esto resulta difícil pensar porque el Dios de los cristianos es un Dios que no sólo no está bajo las leyes del mercado, sino que no está de acuerdo con ellas porque son contrarias a su voluntad, porque son procuradoras de injusticia, porque con su tiranía se someten a un nivel planetario las dignidades de millones de personas, porque se restringen sus libertades y se les impiden acceder a caminos de realización. De esta suerte, los signos de los tiempos actuales parecen exigir que la fe de los cristianos revire con mayor fuerza hacia la voluntad de Dios, que no se venda a los caprichos del mercado y que haga salir a flote la dimensión crítica de la lógica evangélica.
 
La auténtica fe en Dios, en este sentido, es fuente de una capacidad crítica y no dependiente de ese gran bazar que el mismo hombre ha creado por el simple hecho de que el Dios de Jesucristo está más allá del mercado.
 
Cooperar con Dios construyendo la historia
La teología contemporánea ha concordado en que la fe no es un acto aislado o yuxtapuesto, o incluso un acto circunstancial, que a veces sale a flote y a veces se queda oculto; la fe implica una actitud de fondo, un acto fundamental, que orienta y dirige de modo nuevo y permanente la vida entera de una persona. El cristiano no puede decir que tiene fe en Dios si se queda en la completa quietud, indiferente o mudo, o sí, por pensar que no puede hacer nada, efectivamente no hace nada. La fe del cristiano es la respuesta permanente del hombre al Dios que se revela en Jesucristo, la respuesta del ser humano a un Dios que se hace presente humanamente en la historia para relacionarse personalmente con todo ser humano, y así vitalizar, sanar, dinamizar, plenificar y humanizar su existencia y su historia. Los cristianos manifestamos que tenemos fe con la palabra «amén». Pero en ocasiones, en lugar de decir amén al final de nuestras oraciones, decimos «así sea».
 
No me parece que sea una traducción suficiente: decir amén es un compromiso personal total, es una entrega que incluye integralmente a todo el hombre, a su actividad exterior y a su vida interior. Decir «así sea» resulta muy impersonal, como que involucra muy poco a la persona; decir amén, en cambio, es como un decir «creo y por eso me entrego totalmente a lo que la voluntad de Dios quiere». Por eso, decir amén sólo tiene sentido si hay también empeño en la construcción de la historia, pero no una historia que está bajo la ley de la selva, en la que sólo unos cuantos —los más fuertes—sobreviven, sino en la construcción de la historia como historia humana, es decir, como historia en la que todos tengan vida y la tengan en abundancia. Decir amén implica entregarse totalmente, «hasta llegar a la sangre» si es necesario, a la voluntad de Dios, a la construcción de la historia humana en el sentido de una auténtica historia de salvación, pues Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. ¿En realidad es tan fácil, como ocasionalmente se piensa, tener fe en el Dios de Jesucristo? ‘
 

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