Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
APRENDAMOS A GLORIFICAR A DIOS
Comentario a Lucas 17,11-19, evangelio de la Misa del domingo 10 de octubre del 2010, 28º ordinario.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Los leprosos le gritaban a distancia a Jesús porque la ley de Moisés les prohibía acercarse a las personas sanas. Esta ley confinaba a los leprosos a una vida de marginación y de exclusión muy severa. Aquella sociedad tan religiosa, para prevenir el contagio, al parecer no tenía ninguna compasión para con ellos. Sólo Jesucristo se movía a compasión, y eso es lo que le suplican.
     Jesucristo les manda que se presenten a los sacerdotes. La razón, según lo mandaba la ley de Moisés, es que ellos eran las autoridades sanitarias de aquel tiempo, así lo leemos en Levítico 14,2, ellos eran los encargados de declarar que un leproso había quedado purificado.
     De los diez, sólo uno regresó para dar gloria a Dios y las gracias a Jesús, y para acabarla, éste era un samaritano, uno al que además de leproso, era considerado fuera de la verdadera adoración de Dios.
     Es Jesucristo el que llama nuestra atención sobre este hecho, el que contrasta a los nueve con este único. Fieles a este acento evangélico, nosotros nos detenemos en la actitud de este hombre purificado y reintegrado a la comunidad. Jesucristo, nuestro Maestro, nos forma en la gratuidad de sus milagros, en la gratitud de nuestro corazón ante ellos. Debemos ver aquí reflejadas nuestras costumbres y nuestra mentalidad. Y la tarea que tenemos de educarnos y de educar a la sociedad en el agradecimiento.
     Desde pequeños nos insistían nuestros padres, cada vez que recibíamos un favor, a responder con un "gracias”. Todavía hoy lo hacen los papás, aunque menos. Lo que ha hecho falta es cultivar con detenimiento y profundidad el corazón agradecido de cada persona; que no es lo mismo decir gracias que sentir la gracia. Las familias y toda la Iglesia tenemos que hacer esta tarea. Primero abrir la mirada y todos los sentidos a todas las maravillas, dones y bendiciones que Dios nos brinda, todo lo que él nos regala a cada momento y a lo largo de toda nuestra vida. ¡Cuánto nos da! Este mundo, este universo es una maravilla de creación. Más admirable es la vida, las plantas, los animales, las personas.
     Y luego, ir educando nuestro corazón en la alabanza. Nada de lo que nos rodea, ni siquiera lo que somos y tenemos, es obra de nosotros, todo es un don de Dios, y se nos da como don, gratuitamente. ¿No nos sentimos obligados, como aquel hombre curado de la lepra, a postrarnos a los pies de Jesús para glorificar a Dios a grandes voces?
     A algunos de nosotros nos acostumbraron a realizar diaria o periódicamente un examen de conciencia al terminar el día, centrado principalmente en nuestro comportamiento. Ahora habría que formar a las personas no sólo en el examen de conciencia sino en el examen de las obras de Dios: hacer un recuento cada día o con cierta frecuencia de las maravillas obradas por Dios en nuestro mundo, en las personas, en cada uno de nosotros.
     Si formáramos personas agradecidas, este mundo y cada ser humano, seríamos radicalmente distintos. ¡Cómo cambiarían nuestras actitudes y nuestro comportamiento! Formar a las personas en este aspecto es una tarea que debemos realizar desde la familia, en el catecismo, en nuestros grupos, formar el corazón con paciencia, con delicadeza, como trabaja un artesano la madera o la piedra para hacer una obra de arte.
     Dejemos que sea Jesucristo, mediante su santo Espíritu, el que le vaya dando forma a nuestro corazón y a nuestro espíritu.
 

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