Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


24 de marzo 2011

TEMAS CANDENTES
Una generación perdida
P. Dizán Vázquez
"Presa banda de menores” en Chihuahua (de los ocho detenidos, 3 de 14 años, 2 de 15, 1 de 16 y 2 de 17); "Cae banda de robacoches” en Cd. Juárez (siete integrantes: 1 de 31 años, 3 de 24, 2 de 17 y 1 de 15); "Mexicles y Aztecas se disputan el control de 160 pandillas en Chihuahua. Hay 4,800 jóvenes entre 9 y 24 años que son carne de cañón de grupos delictivos”; "Detenidos de la semana por la Policía Municipal” en Chihuahua (31 detenidos, edades entre 13 y 37 años, promedio: 23 años); "Detenidos en la semana por la Policía Municipal” en Chihuahua, otro día (29 detenidos, edades entre 14 y 37 años, promedio: 21 años). "Declaran los 8 asaltantes adolescentes: Ando en esto porque me gusta el desmadre”, en Cd. Juárez (6 menores de edad más 1 de 18 años y otro de 21); "Cometen menores 31% de delitos (de alto impacto”, dice alcalde de Chihuahua (¡menores de 18 años!); "Ocupa Chihuahua primeros lugares en suicidios de jóvenes” (en edades entre 13 y 25 años, 900 en 10 años); "30,000 menores en las filas del crimen y sin derechos” en el país (involucrados en 22 tipos de delitos).
Estas son algunas notas periodísticas pescadas al azar más o menos en un mes, entre mediados de febrero y principios de marzo. Ellas nos permiten vislumbrar que la criminalidad en el país está en manos de jóvenes, pues jóvenes en su inmensa mayoría, de apenas entrados en la adolescencia hasta 35 o 37 años (y estos, obviamente, no comenzaron a esa edad su carrera delictiva), son los asaltantes de transeúntes y de hogares, los robacarros, los secuestradores, los vendedores de drogas, los sicarios del crimen organizado. Pertenecen todos a una generación nacida a lo más dentro de los últimos 20 o 25 años del siglo pasado. ¿Quiere decir esto que el país está siendo asaltado, atacado por sus jóvenes? ¿Es nuestra sociedad una ciudad sitiada por una horda de bárbaros, muchos de los cuales son casi niños?
Creo que decir que nuestra sociedad es víctima de sus jóvenes no es una generalización arbitraria. En primer lugar por las cifras citadas antes, que no son más que una ligera muestra, y en segundo lugar porque aunque los jóvenes criminales caen continuamente muertos en enfrentamientos entre bandas o con la policía, o son aprehendidos, inmediatamente otros son reclutados. Esto quiere decir que aparte de los jóvenes que ya están involucrados en el crimen, hay muchos más que están dispuestos a estarlo ante la primera oportunidad que se les presente. Esto también quiere decir que un inmenso sector de jóvenes adolece de una pavorosa carencia de valores que los hace caer en el crimen, en el suicidio, en las drogas o en la amorfa condición de "ninis” (calculados estos en 7 millones solo en México).
Pero si descontamos a los criminales, a los reclutables por el crimen y a los que no hacen nada y echamos un vistazo a los jóvenes de nuestras secundarias, prepas y universidades y nos preguntamos qué valores los sustentan, qué convicciones religiosas tienen, cuál es su concepto del amor, de la vida, del sexo, hasta donde están dispuestos a llegar si se les presenta una oportunidad fácil de ganar dinero, ¿qué encontramos? ¿No es este sector de jóvenes la antesala del otro? Cuántos jóvenes van por la vida sin rumbo fijo, sin Dios, sin amor, sin un proyecto de vida que valga la pena.
Obviamente, esos jóvenes no se han hecho solos. No han nacido por generación espontánea. Son el Frankenstein creado por los adultos, que han mezclado en el caldero de su laboratorio el relativismo moral, la burla de los valores religiosos tradicionales, la pornografía y el permisivismo, la degradación de la política, la corrupción pública y privada, la injusticia social y la falta de oportunidades para muchos, la legalización de crímenes y aberraciones antinaturales y el más craso materialismo. ¿Qué queríamos que saliera de todo esto? ¿Un santo? ¿Un héroe? ¿O siquiera un ciudadano normal?
Creo que si queremos de veras intentar por lo menos buscar una salida a esta violencia generalizada que tiene como principales protagonistas a los jóvenes, y sobre todo si queremos darles una mano, pues con su conducta nos están gritando desesperadamente que se hunden, tenemos que dejar de dar puras cifras y de lamentarnos por ellas. Tenemos que investigar muchas cosas, por ejemplo: ¿A qué sector socioeconómico pertenecen la mayoría de estos jóvenes? ¿Si tienen posibilidad de estudiar y trabajar o no quieren hacerlo? ¿Cómo están sus familias? ¿Cómo está la formación de valores en las escuelas, sobre todo en las públicas? ¿Qué atención les damos en nuestras parroquias? ¿Qué planes tiene nuestra pastoral juvenil para ellos?
Para no terminar con mal sabor de boca, permítaseme mencionar con admiración a esos jóvenes idealistas que todavía piensan que este mundo se puede mejorar, que tienen la generosidad necesaria para decirle sí al Señor que los llama al sacerdocio o a la vida religiosa, que forman parte de nuestros grupos juveniles católicos y de otras iglesias cristianas, incluso los que son inspirados por otros principios humanistas y se enrolan en actividades altruistas. Ellos, aunque minoría, son la prueba de que no todo está perdido, de que sí se puede.
 

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