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SI CONOCIÉRAMOS EL DON DE DIOS
Domingo 27 de marzo del 2011, 3º de cuaresma
Comentario a Juan 4,5-42.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Me encanta esta imagen evangélica. Los invito a contemplar a Jesucristo tal como lo presenta el evangelista: un pobre galileo, caminante, cansado, asoleado, sediento; sin sotana, sin mitra, sin vestiduras litúrgicas, pero derrochando gracia y salvación, particularmente para este sector de la población tan ninguneado como son las mujeres, para este y muchos otros pueblos y culturas menospreciados, como los samaritanos. Este pasaje es propio de san Juan. Vemos a Jesucristo como un ser humano ordinario, y sin embargo aparece tan extraordinario.
     Así se sienta en el brocal de un pozo. Sediento se muestra frente a una mujer que llega con un cántaro para sacar agua. Jesús no puede sacar agua. Ya había renunciado frente al diablo, en el desierto, a usar poderes mágicos para sus intereses o necesidades personales. Aquí depende de una mano generosa que lo provea de agua. Y llega. La mujer se resiste: judíos y samaritanos no tienen trato, menos son capaces de beber agua de la misma vasija. Jesucristo no es esclavo de prejuicios raciales, culturales, religiosos, ideológicos. Es libre, maravillosamente libre. Y además tiene esa facilidad para entrar en diálogo con una persona que se resiste, que sí se siente aprisionada por discriminaciones. Ese diálogo no es superficial. Jesucristo siempre va al fondo de las cosas, al interior de la vida de las personas. Hasta ahí hay que hacer llegar la Buena Nueva de Dios. El evangelio no es una pintura exterior. Los discípulos misioneros de Jesús contamos con buenas normas de "urbanidad”, evitamos entrar en cuestiones personales. Ciertamente no lo debemos hacer arbitrariamente, pero sí tener claro que el evangelio debe llegar a tocar las teclas vitales de las personas y los pueblos o no es el evangelio de Jesús.
     Ante la resistencia de la mujer, Jesucristo le y nos dice: "si conocieras el don de Dios”. El agua en este caso, en esta escena, es símbolo de este don, donación, regalo, gracia. ¿Qué es lo que nos quiere dar Dios? Con cuánta frecuencia, por no decir siempre, se queda uno con la impresión de que los católicos se andan por las ramas, en la periferia cuando piden el bautismo. El bautismo (el mismo evangelista nos dice que este encuentro con la samaritana tiene que ver con el bautismo. Vean los versículos 1-4 que no se proclaman en la liturgia de hoy) es una ceremonia relativamente breve, dura sólo un momento en la vida de la persona. Y sin embargo, no sólo en ese momento, sino a lo largo de toda la vida, Dios quiere ser generoso con nosotros, con cada persona, con cada pueblo, con toda la humanidad en su conjunto. El agua es signo de la vida que Dios nos da continuamente, su vitalidad, su vida divina, su gracia, su misericordia, su perdón, su fuerza, su luz, su sabiduría, su salvación; en una palabra, Dios Padre se nos da él mismo a nosotros, nos da a su Hijo, nos da su Espíritu. Y esto lo vamos a seguir proclamando los dos siguientes domingos de la cuaresma al escuchar los capítulos 9 y 11 de este mismo evangelio.
     "Si supieras quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”, nos sigue diciendo Jesús a nosotros representados en la samaritana. Quisiera decirle y hacerle ver a todos los católicos y a todo mundo que dejen a Dios ser generoso con ellos. Si sólo bautizan y se alejan, de poco sirve haberse acercado a la fuente. Permanezcan junto a ese manantial que no se agota y que es el mismo Cristo. Qué desperdicio ser cristianos si a fin de cuentas no bebemos y no nos alimentamos de él.
     ¿Por cuáles canales Dios nos otorga su generosidad o gratuidad?
     La celebración de los domingos donde se reúne la comunidad en torno a la fuente, Jesús, que se hace alimento para nosotros; la Sagrada Escritura: ¿bebemos constantemente de esa fuente?; la oración: ¿vivimos una vida de oración, de comunicación, de presencia de Dios?; el servicio, la caridad: ¿somos conscientes de que encontramos a Jesús en el más necesitado?; en la Iglesia, en cada una de las personas, sean de nuestra misma creencia y cultura o de otra, tal como lo contemplamos en el Maestro.

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