Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
USTEDES SON MIS TESTIGOS
3er. domingo de pascua, 22 de abril del 2012
Carlos Pérez Barrera, Pbro.

     La experiencia que viven los discípulos de su encuentro con Jesús resucitado es muy diversa. San Lucas, en su capítulo 24, nos relata por lo menos tres. La primera experiencia es la de las mujeres, vv. 1-11; la segunda es la de los discípulos de Emaús, vv. 13-35; la tercera es la de los once y de los demás que estaban con ellos, vv. 12.36-50. Hoy hemos proclamado la tercera. Para darnos una visión más integral de estas experiencias, debemos estudiar los testimonios de los cuatro evangelistas y los testimonios de los demás discípulos en el libro de los Hechos, las cartas y el Apocalipsis. Es una variedad muy rica.

     Jesús se presenta en medio del grupo y los saluda deseándoles la paz. Es el saludo del resucitado. No es una paz superficial, la de los sepulcros, sino la paz honda del Dios de la vida para los hombres. Les haría tanta falta esa paz del resucitado ante la grave turbación que vivían en ese momento y la que vivirían en seguida, cuando ya salieran a dar testimonio de Jesús.

     Jesucristo insiste en su encuentro real. No quiere que vayan a dar testimonio de una experiencia meramente subjetiva. Él no es un fantasma. ¿No le tenemos miedo a los fantasmas, a los aparecidos? El Crucificado es el que ahora vive, porque la vida es la última palabra de Dios, no la muerte. La muerte había sido la sentencia de los hombres, como lo sigue siendo ahora. Antes de darles solemnemente esa categoría de testigos, es necesario que estén seguros de haberse encontrado con Jesucristo resucitado, el Hijo de Dios, el de los evangelios, el de los milagros, el amigo de los pobres, de los pecadores y los excluidos. ¿Están seguros de que soy yo?

     Entonces sí los nombro, los hago mis testigos. Y eso somos los cristianos, los testigos de la vida nueva de Jesucristo para este mundo, los pregoneros de la vida de Dios. No sólo voceros, sino testigos, con toda nuestra persona. Eso entendemos, en nuestro lenguaje cristiano, cuando hablamos de dar testimonio. Dar testimonio con nuestras obras, no sólo con nuestras palabras, dar testimonio con toda nuestra vida, vida familiar, comunitaria, eclesial.

 
 

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