Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
 
LA GRATUIDAD DEL LLAMADO
Comentario a Lucas 5,1-11.
Evangelio del 5º domingo ordinario C
10 de febrero del 2013
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
 
     Las tres lecturas de hoy coinciden en esto:

    Isaías se anonada ante Dios, que se le revela en toda su santidad, porque es consciente de ser un hombre de labios impuros que habita en medio de un pueblo de labios impuros. Es cierta esta confesión de parte del profeta, no es falsa humildad. ¿Qué hace Dios ante esta confesión? Lo purifica con una brasa ardiente para hacerlo su enviado. Dios necesita enviar a alguien y no retrocede ante la condición de su profeta.
     Pablo, por su parte, es un aborto, un perseguidor de la Iglesia, el último de los apóstoles, indigno del nombre de apóstol. Aún así, Jesucristo se le presentó en el camino y lo hizo su enviado. ¿Por qué? Por pura gratuidad.

    Simón el pescador, ante el milagro tan sorprendente de Jesús, que es también una manifestación de su santidad, que se entenderá en un sentido diverso al del antiguo testamento, retrocede ante él por su clara conciencia de ser un pecador. Pero precisamente por eso resplandece la gracia o gratuidad de Dios.

    ¿Qué sacamos de esto? Que no andamos en este camino de la fe por méritos propios sino por el llamado de Jesús, ni nosotros los clérigos ni los católicos en general. Venimos a misa por la invitación de Jesús, no porque seamos o nos creamos más santos que los demás. Antes de acercarnos a comulgar decimos: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme". Traemos la Biblia bajo el brazo y nos ponemos a estudiarla, no porque queramos aparentar ser muy católicos; andamos en las cosas de la Iglesia, en las labores apostólicas por la misma razón. Somos catequistas, servidores de la liturgia, de la caridad, somos sacerdotes, etc., por la gratuidad del llamado de Jesús. Tenemos que hacer conciencia en nuestros ratos de espiritualidad o de oración, para que ésta no sea una mera frase aprendida de memoria que se repite con facilidad: "somos pecadores”, sino una verdadera actitud. Y así, como en estos tres enviados, podremos prestarle un mejor servicio a la causa de Cristo. Porque así se deja ver más claramente que la obra es de Dios y no de nosotros: "llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2 Corintios 4,7).
    Ahora bien, esto no debe servirnos de pretexto para justificar nuestros errores y pecados, o menos aún, para aprovecharnos conchudamente de nuestro cargo o vocación. Bien lo dice san Pablo: "¿Qué diremos pues? ¿Que debemos permanecer en el pecado para que la gracia se multiplique?” Romanos 6,1. Según esta mentalidad, no sólo cada cristiano, sino toda la Iglesia en su conjunto, debemos presentarnos así ante el mundo, no como una institución poderosa, impecable, ocultando sistemáticamente nuestros errores. Si esto sirviera al evangelio, no estarían estas páginas en la Sagrada Escritura. Pero al contrario, si lo están es porque así aparece, con transparencia, la gracia de Dios. San Lucas y demás evangelistas, presentan a los apóstoles y a la Iglesia (ver el libro de los Hechos) tal como son o fueron, sin ocultar defectos o errores. Y hay que reconocer que esta transparencia es muy bella en la sagrada Escritura.
 

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