Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
 
USTEDES SERÁN MIS TESTIGOS
Comentario a Hechos 1,1-11 y Lucas 24,46-53, lecturas del domingo de la Ascensión
12 de mayo del 2013
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Siguiendo la tradición de san Lucas, hoy celebramos, como parte de este tiempo pascual, la ascensión de Jesucristo a los cielos. La obra o tarea de Jesucristo tiene un comienzo y tiene un término final, aunque nos parezca duro el decirlo así, porque sabemos que el tiempo de Dios es la eternidad. Sin embargo, el Hijo se hizo temporalidad, tomó carne de la nuestra, se hizo partícipe de nuestra fragilidad y de nuestra finitud: nació como uno de nosotros, sintió hambre y sed, sufrió, gozó, se enfadó por numerosas situaciones humanas negativas; entregó su vida en una cruz, resucitó al tercer día, subió a los cielos y envió a su Santo Espíritu sobre nosotros. Los evangelistas nos platican cada uno a su modo este paso de Jesús al Padre. Hemos escuchado a san Lucas, tanto en su evangelio como en su Libro de los Hechos de los Apóstoles. Sabemos que ambos escritos se atribuyen a la misma persona porque ambos están dirigidos a un personaje llamado Teófilo. Esto lo pueden ver ustedes al comienzo del Evangelio y de Hechos. Tómense ese sencillo trabajito de verificarlo para que crezcan en su conocimiento de la Biblia.

     Los evangelistas nos platican con mucha sencillez y hasta ingenuidad las cosas de Jesucristo, y por eso no coinciden entre sí. La verdad es que se trata de un misterio que ni ellos, ni mucho menos nosotros alcanzamos a comprender cabalmente. Pero las imágenes plásticas nos ayudan un poco a penetrar vitalmente en los misterios de Dios y de su Hijo. San Lucas nos dice que salió con sus discípulos a las afueras de la ciudad de Jerusalén, a un lugar cercano a Betania. Jesucristo se sentía muy a gusto en ese poblado. No quiso subir al cielo desde el templo de Jerusalén, que era el lugar sagrado donde Dios ponía sus pies, según los judíos; que era la construcción que hacía visible la presencia de Dios en medio de su pueblo. Más bien Jesucristo quiso dejar este mundo no desde el corazón de la ciudad santa, sino desde sus afueras. Afuera había sido crucificado, afuera sería igualmente glorificado. Los líderes judíos lo echaron de la ciudad como se echan fuera las cosas que no se quieren, y Jesucristo asume su condición de desecho de los hombres (Isaías 53,3) para vivir este momento tan importante de subir al Padre.

     Antes de subir al cielo les dio las últimas instrucciones a sus discípulos. Eso de enseñar era una de sus tareas preferidas: instruir y formar a los discípulos. Les hace un repaso bíblico: "está escrito”. ¿Dónde está escrito? Es la manera de decir que se encuentra en la Sagrada Escritura. Y podemos verificarlo en los cánticos del Siervo de Yahveh del profeta Isaías, en los demás profetas, en los salmos, entre otros escritos. Formar a nuestros católicos en el conocimiento, en el estudio de las Sagradas Escrituras es una de nuestras tareas prioritarias. ¿Cuándo nos pondremos al corriente? A los dos discípulos que iban caminando al poblado de Emaús los regaña porque son muy tardos para entender las Escrituras (vean Lucas 24,25-27). Lo mismo debemos pensar que hace con nosotros, tanto clérigos como laicos.

     Y les habla de la conversión que hay que anunciarle a todas las naciones, el perdón de los pecados. Y los constituye como testigos. No pensemos que les da un nombramiento, un papel, una credencial que los acredite como tales, no, les da una constitución personal, como una marca profunda de lo que serán ante el mundo: sus testigos. Lo dice en el evangelio en 24,48, y en el libro de los Hechos en 1,8. Véanlo en su Biblia. Nosotros, ¿nos movemos en este mundo como testigos de Jesucristo? ¿Vivimos nuestra identidad cristiana como testigos de Jesucristo? Un testigo es alguien que vive en la seguridad de su fe, en la seguridad que le da el haber hecho la experiencia de la vida nueva de Jesús, la vivencia de su muerte y resurrección, de sus enseñanzas, de la Obra que el Padre quiere realizar en su Hijo, la Salvación de toda la humanidad, la realización de su Reino de paz, de justicia, de amor, de fraternidad. En la primera lectura escuchamos que Jesús les habló del Reino.

     Y finalmente, entre sus instrucciones, les habla de la Promesa del Padre: el Espíritu Santo. El domingo próximo celebraremos Pentecostés, la fiesta del Espíritu y ya comentaremos de esa grandísima promesa del Padre.

 
 

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