Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
 
APRENDAMOS DE JESUCRISTO A ORAR
Comentario al evangelio del domingo 17º ordinario, 28 de julio del 2013
Lucas 11,1-13.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.

     ¿Recuerdan que Abraham recibió la visita de Dios en la persona de tres mensajeros y él lo recibió con mucho gusto? Pues ahora escuchamos la continuación de ese relato, Dios no quiso pasar de largo sin revelarle, incluso consultarle, una decisión tan grave que había tomado: hacerle cuentas inmediatas a las ciudades de Sodoma y Gomorra, cuyo pecado subía como un clamor hasta el cielo. No veamos nosotros, gentes del siglo XXI, en este relato una historia exacta en todos sus detalles, más bien pongamos atención al fondo del mensaje, a lo que quiere decir este relato tan cargado de simbolismo, y que precisamente por ello tiene algo que decir a todos los pueblos, tiempos y culturas. Más que tratarse concretamente de dos ciudades, lo que nosotros tenemos que hacer es ver a nuestras sociedades modernas. Imagínense, como lo presentan las películas detectivescas, cuántas cosas pasan de noche en una gran ciudad. Adulterio, prostitución, robos, asesinatos, conflictos, culto al dinero y al consumo al extremo, etc. Pero no sólo de noche, quizá de día se cometen las más grandes injusticias: corrupción política y económica, supersueldos de políticos y empresarios, minisueldos de las familias pobres, y toda la manera de operar de este sistema socio-económico que margina a la gran mayoría de la población y la condena a la desintegración personal, familiar y social. Pensemos también en los pleitos familiares y conflictos vecinales. En buena medida estamos retratados en esas dos míticas ciudades de Sodoma y Gomorra.

     Sería muy interesante y provechoso repasar los versículos de la primera lectura, es la intercesión de Abraham por esas dos ciudades, y también por las nuestras. Fijémonos en la argumentación de nuestro padre en la fe, cómo se relaciona personalmente con Dios. Ése es el modelo de la plegaria del creyente. En la plegaria es en lo que pone el acento la Iglesia. Fijémonos cómo nuestro padre en la fe no pide nada para sí mismo, sólo para aquellas gentes, para los inocentes. Si nuestro mundo no se ha acabado, pienso yo que es porque Dios ha encontrado ciertamente más de cincuenta justos en cada una de nuestras ciudades.

     Nos encontramos con la versión breve de la oración al Padre. Para que vean que no era una oración para repetirse con exactitud, sino un resumen de lo que puede y debe contener nuestra plegaria. La recitamos de memoria en cada misa, en su versión larga, la de Mateo, y lo hacemos en nuestras oraciones personales; lo importante es ponernos en sintonía con el Padre, con Jesucristo que nos enseña a orar, con el Espíritu Santo que es el que nos mueve a clamar "Padre”, como nos lo dice san Pablo en su carta a los gálatas (4,6).

     Jesucristo nos contagia su plena confianza en el Padre al decirnos que pidamos y se nos dará, que busquemos y encontraremos, que toquemos y se nos abrirá. La oración no es cosa de magia. Quienes así entienden las palabras de Jesús, lo estarán traicionando. Sabemos, por el resto del evangelio, y por su manera de orar, que en el mismo acto de orar nos damos cuenta inmediata que ya estamos consiguiendo el favor del Padre, porque él sabe darnos lo que necesitamos. Es como un papá que no es capaz de darle una piedra, una culebra o un escorpión a su hijo, o más aún, comida chatarra, aunque se lo pida, sino buen alimento, comida nutritiva para su sano desarrollo. ¿No hace esto un buen padre o una buena madre?

     No pidamos para nosotros mismos, pidamos para los demás, pidamos el Reino, como nos enseña Jesucristo, pidamos el pan suficiente para todos especialmente para los pobres, pidamos el perdón, que nos fortalezca en la tentación, pidamos, en fin, cosas buenas a Dios nuestro Padre, como su Santo Espíritu. ¿Pedimos el Espíritu Santo? Es el que nos hace falta, no tanto las cosas de consumo material.

 
 

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