Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


La redención de los impulsos

Las dificultades

Desde las profundidades del inconsciente, afloran a la superficie del hombre las energías no redimidas, hijas de la «carne»:

orgullo, vanidad, envidia, odio,
resentimientos, rencor, venganza,
deseo de poseer personas o cosas,
egoísmo y arrogancia,
miedo, timidez, angustia, agresividad.

Estas son las fuerzas primitivas que lanzan al hermano contra el hermano, separan, oscurecen, obstruyen y destruyen la unidad. Sin Dios, la fraternidad es utopía.
Solamente Dios puede bajar a las profundidades originales del hombre para calmar las olas, controlar las energías y transformarlas en amor.

El grito general de las ciencias humanas proclama que el hombre actúa bajo el impulso del placer. A eso llaman motivo de una conducta. Basta abrir los ojos para darse cuenta de que el placer, más que la convicción, es el motivo general que origina, condiciona y determina la conducta humana.

Por ejemplo: por gusto nadie perdona. Por gusto no se acepta a los neuróticos ni se convive con los difíciles. Por gusto, a la hora de formar una comunidad, se hace una selección eliminando a los que no son de la propia «línea» y quedándose con los que son del propio temperamento o mentalidad.

Existe también el placer de la venganza y la alegría por el fracaso del adversario. Ciertas personas difícilmente disimulan la satisfacción de las derrotas ajenas. ¡Hay que ver cuánto entusiasmo despliegan cuando traman y llevan a cabo planes de represalia, maquiavélicamente urdidos, en contra de sus adversarios!

Como se ve, siempre hay un placer que motiva las reacciones humanas, y esas motivaciones nacen a veces en los fondos irredentos. Necesitamos un Redentor.
El motivo profundo

El éxito de la fraternidad depende de que Dios sea el Motivo de los comportamientos fraternos.

En la intimidad del hombre, entre mil posibles reacciones que se pueden tener, existe una opción. ¿Saludo o no saludo a este sujeto que ayer me molestó? y a cada decisión corresponde siempre un motivo impulsor, no muy bien vislumbrado a veces. Voy a saludarlo (decisión). ¿Motivo? Temor de perder la buena imagen ante la opinión pública. Voy a dejar de saludarlo durante tres días (decisión) para que (motivo) él tome conciencia de que me ofendió.

El motivo que impulsa y concreta nuestra conducta es a veces confuso. Tuvimos una revisión de vida en la comunidad. En el transcurso de la reflexión, un determinado sujeto tomó y sostuvo una posición altiva, casi agresiva, frente a los demás. Hablando después con él, en privado, manifestó que él procedió así porque estaba convencido de que ésa era la posición correcta. Al final reconoció que el impulso profundo de su actitud fue la necesidad de autoafirmación.

Otras veces, los motivos que aparecen en el primer plano no son los verdaderos impulsores, sino aquellos otros que están sepultados bajo tierra, en las profundidades.
El hombre dominó una explosión, cedió en una discusión, calló en una polémica. El cree que lo hizo por humildad o por sentido fraterno. Los verdaderos motivos fueron, sin embargo, muy diferentes: miedo al ridículo, inseguridad, timidez, temor de ser desestimado por la comunidad.

El motivo de una sobreestima de sí mismo puede llevar a un individuo a comportamientos que, a primera vista, podrían significar desestima de sí mismo.
¡Extraños juegos, motivados por resortes que vienen desde regiones muy lejanas!

Comunidad de Fe significa que los hermanos se esfuerzan para que los sentimientos, los reflejos y la conducta de Jesús sean el motivo inspirador de sus reacciones en la convivencia de todos les días. 

En un momento determinado surgieron dentro de un individuo una legión de impulsos que motivaron la decisión, por ejemplo, de mantenerse cerrado frente a otro sujeto, de herir la susceptibilidad de un otro tímido agresivo, de minar el prestigio de un autosuficiente... En este momento, la Palabra -Jesús y sus criterios- tiene que sofocar todos esos oscuros impulsos, para que el hermano perdone, acepte, estimule a los otros miembros de la comunidad.

En esos casos, la oración debe hacer vivamente presente a Dios, cuyo «recuerdo» (presencia) debe sofocar en mí las voces del instinto y motivar conductas semejantes a la de Jesús.

Una voluntad, revestida e impulsada por Jesús, debe decidir soberanamente en nosotros por encima de las oscuras fuerzas impulsoras, y así, en lugar de tener una reacción explosivo, voy a quedar en silencio como Jesús ante Pilato; más tarde, voy a dialogar con calma y paz; después, voy a enterrar los recuerdos ingratos de una desavenencia y olvidarlo todo generosamente; ahora voy a ser con todos delicado y paciente, como lo fue Jesús con los suyos. 
 
Así nace y crece la comunidad bajo la Palabra, en presencia de Jesús.

IGNACIO LARRAÑAGA


 

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