Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
 
JESUCRISTO LLAMA A LA INCLUSIÓN A LAS MUJERES
Comentario al evangelio del domingo 13º del tiempo ordinario
28 junio 2015
Marcos 5,21-43.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
     En nuestra lectura continuada del evangelio según san Marcos, nos hemos brincado la obra que Jesucristo realizó al otro lado del lago de Galilea, en tierra de paganos: curó a un hombre endemoniado que vivía entre los sepulcros. Los paganos eran considerados gente impura para el pueblo judío más religioso, por ello el evangelio nos ofreció la escena de los cerdos. Pero luego regresa Jesús a Cafarnaúm donde realiza estos dos milagros que hemos escuchado.

     Este pasaje evangélico lo podemos acoger de dos maneras: la manera ordinaria en la que nos hemos acostumbrado es verlo superficialmente: Jesucristo curó a estas dos mujeres y esto es una buena noticia; y en consecuencia, todos queremos que nos devuelva la salud este curandero admirable, no tanto la salud espiritual sino la física. Y desde luego que es algo muy lícito que las multitudes, tanto de aquel tiempo como de ahora, anden buscando esa salud que la medicina con todos sus adelantos no les puede brindar.

      La otra manera de leerlo es hacerlo con más amplitud y más profundidad, tratando de entrar en la obra de Jesús, en la intencionalidad de aquella comunidad evangélica que lo vivió como un acontecimiento que salva y que convoca a la conversión, al cambio profundo de las cosas. Jesucristo resplandece así como una buena noticia mucho más grande.

     En este pasaje, san Marcos aborda el tema de la impureza y de la marginación, un tema recurrente en este evangelio. Recordemos que ése fue el primer milagro de Jesús: en la mismísima sinagoga de Cafarnaúm expulsó al espíritu de la impureza, expulsión que sería el paradigma o la clave para entender y vivir la obra de Jesús: purificar a un pueblo, convocarlo a la inclusión, a la comunión; quitar de él toda marca impuesta, ya sea religiosa o social que lo margina.
     Los hombres no dejamos de imponer marcas de exclusión sobre las personas hasta en nuestros tiempos actuales. Nada menos esta semana dos notas sobresalieron: aquel señor rico de E. U. (Donald Trump) que despreció a los inmigrantes mexicanos, y aquel joven que asesinó a 9 personas de raza negra en una iglesia metodista.

     Jesucristo se va a encontrar con dos mujeres que tienen algo en común: ambas tienen doce años, una los tiene de edad y la otra de enferma; pero también tienen en común la "impureza femenina”, y como consecuencia, la exclusión, el estigma del rechazo de este pueblo considerado santo. Jairo, jefe de la sinagoga del pueblo, le suplica por su hija, que agoniza. En esta agonizante, a la que después creerán muerta, y en aquella mujer cargada de sufrimientos, perdida entre la muchedumbre que lo apretuja, vemos representadas a infinidad de mujeres, aunque también a infinidad de hombres, marginados, empequeñecidos, tratados como menores.

     La ley de Moisés establecía que si una mujer padecía de sangrado tenía que vivir excluida de la comunidad y del culto en el templo, sin culpa y sin remedio. Así dice el libro del Levítico: "La mujer que tiene flujo, el flujo de sangre de su cuerpo, permanecerá en su impureza por espacio de siete días. Y quien la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello sobre lo que se acueste durante su impureza quedará impuro; y todo aquello sobre lo que se siente quedará impuro” (Levítico 15,19-20).

     Por eso decimos que Jesucristo no sólo se encuentra con ellas para devolverles la salud física. Si acogiéramos estos milagros sólo de esa manera, estaríamos reduciendo enormemente su obra salvadora. Yo los invito a que nos abramos al Evangelio de Jesús con una mirada más honda.

     Jesucristo sale al encuentro de ambas con esa fuerza, con esa gracia que sana, que salva, que purifica, que incluye, que aglutina a las personas, que las asocia a Dios.

     El atrevimiento que tuvo la primera mujer merecía una dura reprensión de parte del ofendido: ella no podía tocar a nadie a riesgo de hacerlo impuro. Pero Jesucristo, el santo de los santos, ha venido a sumergirse de lleno entre los impuros. Así lo vimos con el leproso (Marcos 1,40), con el paralítico (Marcos 2,5), en aquella comida con publicanos y pecadores (Marcos 2,15). La mujer, temerosa, recibe en vez de regaño, una palabra de gracia llena de cariño: "hija, tu fe te ha salvado”. Es mejor traducir "salvado”, como lo hace la Biblia, que "curado”, como viene en el leccionario.

     La enfermedad y la muerte, en la adolescente hija de Jairo, tiene dos significados que debemos acoger: por un lado se trata de ese trauma o golpe tan fuerte que sufren todas las niñas cuando dejan la niñez, más en un medio tan estrechamente religioso como el judío: empiezan tus períodos de impureza. Por otro lado, y más importante aún, es que como mujer vas a ser tratada como menor de edad hasta tu muerte. Es muy interesante, en la redacción original de san Marcos, como traduce la Biblia, no así el leccionario que incurre en varias imprecisiones, que la "niña” como es nombrada antes, va a levantarse como "muchacha” según el trato y la dignidad de esa Palabra de gracia que Jesucristo le dirige: "Talithá, kum”; así, en arameo, como si la comunidad de San Marcos hubiera traído una grabadora en mano. Bendita comunidad evangélica que nos pone en contacto directo con las palabras de Jesús, en su lengua materna. Desde ahora ya no serás ni deberás ser tratada como "niña”, sino como mayor de edad, porque a los doce años, todo ser humano, incluidas las mujeres adquieren esa dignidad.

     En nuestra sociedad quisiéramos que el milagro quedara como una mera curación, porque no nos conviene que las mujeres, y en general los pobres, adquieran mayoría de edad. En la Iglesia no queremos que las mujeres, y en general los laicos, sean considerados como mayores de edad. A los clérigos nos conviene que permanezcan en su minoría de edad para seguir siendo nosotros los mandones, los únicos, y no se diga en las altas esferas de nuestra amada Iglesia.

 

 

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